Mostrando entradas con la etiqueta BIOGRAFÍA. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta BIOGRAFÍA. Mostrar todas las entradas

sábado, 17 de marzo de 2018

"15:17 TREN A PARIS": Un Eastwood en su esencia

El cinéfilo tiene propensión a sufrir lo que llamaremos la enfermedad de la directoritis. Esa que hace que vayamos al cine con prejuicios. Teniendo muy claro que hubiéramos hecho con la peli en cuestión. Olvidando que eso no es lo importante. Que lo que cuenta es lo que el realizador del filme haya querido hacer. Otra cosa es el gusto personal, y si, desde ese subjetivo punto de vista, el producto nos ha molado o no. 

Pero, repito, hablamos de gustos. Que, como los culos, cada cual tiene el suyo. Otra cosa es la valía per sé de la película y su corrección. 

Así, en lo último como director de Clint Eastwood, lo importante no es que me apetezca que cada una de sus películas sean un "Sin Perdón". Y que me frustre cuando ello no ocurre, empujándome a expeler diatribas tuiteras que en el fondo no son más que el pataleo infantil del niño que esperaba un regalo de cumpleaños que al final resulta ser otro. 

Así, creo que, en el caso de Clint, las cosas hay que verlas en su contexto y , a estas alturas de filmografía, el que diera vida a Harry El Sucio pocas cosas tiene que demostrar. Y mucho menos que es capaz de hacer peliculones cuando toca, por muchas muescas que la edad le haya endiñado a su magnum. 

En esta perspectiva, realista y no caprichosa, hay que pensar que es lo que Eastwood ha querido hacer en "15:17 Tren a París". Y ahí el asunto está muy clarito. 

Si hay algo con lo que este realizador lleva obsesionado en buena parte de su filmografía, es con el héroe corriente. El de la calle. Ese del que nunca escribirán una hagiografía, pero que llegado el momento hace lo que tiene que hacer y eso marca la diferencia. Este asunto es particularmente patente en sus últimas entregas como cineasta. Pensemos en "Sully" o "El Francotirador"


La peli del tren es un paso más en esta senda reivindicativa. Y es un paso más allá. Porque al propio hecho ya reiterado de llevar a la pantalla hechos reales, vidas reales, se une ahora el que son los propios protagonistas de esos hechos los que reconstruyen como actores los mismos, llevándonos al planteamiento más desnudo (si cabe y es posible) de ese leit motive. Siendo a la postre el filme más Eastwood de toda su filmografía. El más esencial. El que más descubre ese meollo. 

Se ha dicho que la película es vulgar en su puesta en escena, salvo el episodio propiamente dicho del tren. Y que tramos como el de el eurotrip de los protagonistas es malo, largo, insufrible. 

Una vez más discrepo. Estamos ante un trabajo tan pulcro y aseado como muchas de las pelis de Don Siegel de las que Eastwood aprendió. Pero si hay algo que abraza esta película es el naturalismo. El que persigue trasladarnos una existencia por auténtica, anodina. Como es la de cualquier ser humano corriente. Para enfatizar la idea de que cualquiera de nosotros, por muy simplones y fracasados que podamos parecer ser, llegado el momento, el lugar, podemos ser héroes. Que los que aman ver como el cine francés post nouvelle vague se extasía viendo crecer a yerba, no se rasguen ahora las vestiduras. También aquí hablamos de un autor que nos quiere contar su película, mis muy queridos y relamidos para ciertas cosas amigos. 


Aunque quizás con el realizador de "Cartas de Iwo Jima" lo que escueza es que defienda que no tanto los ejércitos, sino las gentes que los integran a nivel de curritos de la guerra, son seres humanos y pueden hacer cosas buenas. O que les pique que este tipo sea patriota y defienda a la civilización occidental frente a quienes pretenden acribillarnos a balazos o volarnos por los aires. Y sí, quizás en estos temas Eastwood esté chapado a la antigua. Y no esté de moda hacer una película como esta, propagandística (en el mejor sentido) de nuestros mejores valores, como personas, que nos llama a defendernos y defender a los demás cuando estamos en peligro. Aunque también quizás filmes como estos son más necesarios hoy de lo que imaginamos. Como los fueron los motivadores que maestros como que Ford, Capra, Hawks, etc hicieron en la Segunda Guerra Mundial. Porque quizás seamos nosotros los que estemos demasiado chapados a la pasiva, al buenísimo y a la corrección política.


NOTA: 7/10

TÍTULO ORIGINAL: The 15:17 to Paris

domingo, 19 de febrero de 2017

¨JACKIE¨: EL CANTO DEL CISNE

Probablemente, el score compuesto por Mica Levi para “Jackie" defina mucho mejor este filme de lo que pueda tratar de hacerlo cualquier comentario crítico, incluido éste, claro. Su atonalidad, el desafinado expresionista, la oscilación pendular de sus melodías, la soledad descompasada de su instrumentación. Esas progresiones entre lo bufo y la ensoñación. Los ecos lejanos, perdidos, las afinaciones indisimuladas, y los compases pesadillescos, reiterados, enfáticos.
Todo ello conforma un todo sensitivo. Propicia una traslación de estados de ánimo. Una angustia vital insondable y precipitada, inesperada e inesperable. Una amalgama que enreda el ánimo y de la que es imposible zafarse. Y que solo proporciona contadísimos instantes de respiro evasivo, cuando el el personaje al que glosa se pierde en sus recuerdos, sueños o evasiones. 
Y es que este soundtrack de inspiración, en cierto modo, a lo Morricone, es uno de los mejores del año, (una lástima coincidir con el más vistoso y eclipsante de "La La Land"), por cuanto empaca perfectamente con la narración, subrayándola y aportando a la misma todo lo que de la música de cine se espera. En este caso, definir un individuo, una situación, unas circunstancias, un entorno, una vivencia y hacer que todo ello embulla al que visiona el film, sobrecogiéndole. 


Jackie es abducida, de sopetón, de su inmaculada existencia, terrenal, decorativa, autosugestionada, creía de sí misma como útil en su futilidad. Cuando el magnicidio la desnorta, la despierta del cuento de hadas y la arroja a las fauces del miedo, el desconcierto, la aflicción. Dejándola a la deriva, como un juguete roto, una pieza secundaria, amortizable y amortizada. Un apéndice que estirpar.
La película es la descripción de eso y de como en medio de ese inevitable tránsito al segundo plano, surge en la estrella de raza, en el personaje irredento, el canto del cisne, que se abre paso por todo, pero, sobre todo, por sí misma. Como retribución a lo arrebatado, a lo que ya no será o nunca fue, a lo que se pagó por ser y se aceptó por conseguir estar. Ese último giro que pasma al respetable y hace llenar renglones de historia, no de la de los libros, sino de la que marca y recuerda la gente. La que consagra el mito, más allá de modas. 
Y todo esto lo filma el chileno incomodo de “El Club”, el de biografías tan inusuales como “Neruda”. Un tipo que ha hecho una película para los oscars, sí, pero sin traicionarse. Impregnando de autoría, intención y coherencia el proyecto. Sin sucumbir a la despersonalización que se impone a muchos que dan el salto a Hollywoodlandia.
Evidentemente, no se puede concluir el comentario sobre “Jackie” sin hablar de quien le ha dado carne y alma, en la pantalla. Qué acojonantemente brutal está Natalie Portman. Disculpad la basteza, después de tanta finura. Pero es lo que me sale. Si hay Justicia, debiera subir al escenario del Dolby Theatre el 26 de este mes a recoger su segundo oscar, tras “Cisne Negro”, otro tour de force tan obnubilante como éste, dirigido por Darren Aronofsky que, curiosamente o quizás no tanto, aquí oficia de productor. Una Portman que hace olvidar al espectador quién es, y quién es, incluso su personaje, para, en la más elemental esencia y meollo de su interpretación, mostrarnos a una princesa cualquiera a la que le han arrebatado su Camelot.


NOTA: 8/10

TÍTULO ORIGINAL: "Jackie"

domingo, 18 de diciembre de 2016

"HASTA EL ÚLTIMO HOMBRE": Una película de Mel Gibson

Mel Gibson es un outsider en el Hollywood actual, tan políticamente correcto. Sus “escándalos” lo certifican. En resumen, dice y hace lo que le da la gana, borracho o no. Y eso le ha pasado la factura de que las películas de su filmografía se espacien demasiado, como director y como actor. Es normal. La Meca del Cine, siempre ha sido un negocio en el que no conviene ir metiendo el dedo en el ojo a colectivos sensible que pueden comprar una entrada o boicotearte un estreno. Y las estrellas, tienen que serlo y parecerlo. Ocurría en la Edad de Oro y ocurre en la Edad Actual, la de ir a lo seguro. La de los remakes, secuelas y reboots


Por eso, a la gente que va por libre, que te rueda en idiomas raros, con violencia extrema y haciendo apología de lo religioso… la cosa le pinta bien cruda. Pero Gibson es un Terminator. Sabe lo qué quiere y cómo hacerlo. La cuestión es cuándo lo conseguirá. 

Desde ese punto de vista, su filmografía, sobre todo, como director, que es la que ahora nos interesa a nosotros y a él, va sobre gente como Mel: los outsiders que mencionaba antes. Tipos que tienen sus convicciones, sus creencias, sus objetivos, y que no cejarán en el empeño hasta conseguirlos. Da igual lo que les hagan, o les digan. Da igual que les cueste incluso la vida. A la postre serán héroes, modelos a seguir, gente a la que reconocer, pero el camino jamás será de rosas. 


Desde todos estos puntos de vista, “Hasta el último hombre” vuelve a ser una película de Mel Gibson. La reivindicación hagiográfica de Desmond Doss, el primer objetor de conciencia laureado por el Congreso americano por salvar la vida de 75 compañeros en el campo de batalla, sin empuñar jamás un arma, contiene todo el ideario cinematográfico y moral del actor-director australiano. 

Su obsesión por reconocer a los luchadores contracorriente, adoctrinarnos ética y religiosamente y descomponernos ante una violencia de brutalidad inusitada, vuelven a marcar los ejes sobre los que gravita “Hacksaw Ridge”. No tengo peros a nada de esto, más bien siempre alabaré a los creadores que saben lo que quieren y lo espetan, da igual a quien duelan prendas. 

Otra cosa es el resultado cinematográfico, respecto del cual la película es un tanto bipolar. Y ello porque, parecen, sencillamente, dos en una. Cada cual con planteamientos estéticos, narrativos e incluso musicales diferentes. La primera, la que precede a la batalla que da título original al filme, es un estrenos televisión elevado de categoría por empeño de su director, solo necesario en quien haya querido hacer una narración tradicional y completista de la vida del soldado Doss. Pero lo que realmente de este segmento importa (porque el porta es como es), bien podría haberse despachado a golpes de flashback diseminados en la segunda. Ésta última es otro cantar. 

Aunque el desembarco de “Salvar al soldado Ryan” siga siendo el mejor momento bélico de la historia del cine, la última hora del filme de autor de “El hombre sin rostro” es magistral. Haciendo gala de una planificación formidable y nunca perdiendo el punto de vista narrativo, el salvajismo cainita de la guerra, la fugacidad de la vida y la aleatoriedad en su pérdida, son reflejados de modo proverbial. Y aquí es donde Gibson demuestra lo capacitado que está para la narración fílmica y el manejo de escenas de complejo rodaje.

Así lo expuesto, el balance final de la película es desigual. Como en general la filmografía de su autor. Y cada una de sus cintas en sí consideradas, efectismo y premios aparte.


El principal debe que le anoto, es no conseguir emocionarme, a pesar del crescendo final que culmina en la metafórica ascensión a los cielos del héroe encarnado por Andrew Gardfield. Aunque quizás sea más éste último el culpable que el propio director, al que solo cabría reprochar una equivocada elección de casting, justificable solo por dotar al producto de cierto atractivo de cara a la taquilla más joven (siempre deseable, pero tan poco asequible al planteamiento intrínseco de la cinta). Bien es cierto que en lo físico, vistas las imágenes reales en los créditos finales, el ex Spiderman da la enjuta y desgarbada medida del personaje real. Pero a mí Gardfield me saca, con su gestualidad de bobalicón risueño, y no me resulta fácil creer que sea capaz de lo que es, por mucha mano que le eche el Altísimo.

En cualquier caso, bien hallada sea la vuelta a casa, que no al redil, de este outsider bocazas, religioso practicante y bien dotado cineasta que es Mel, políticamente incorrecto, Gibson.


NOTA: 7/10

TÍTULO ORIGINAL: "Hacksaw Ridge"

martes, 15 de noviembre de 2016

"SULLY": Otra obra maestra de Eastwood

Sobre esto ya hemos hablado alguna vez. Sobre “el concepto”, que diría el Pazos de “Airbag”. Qué debe considerarse una obra maestra. Más allá de filmes multi-oscarizados, mitos clásicos unánimes y cintas en las que todo, absolutamente todo, es irreprochable. Estimo que una obra maestra es también aquella película que enseña, sencillamente, cómo hacer cine. Y, desde ese punto de vista, “Sully” es una obra maestra. Y lo es en dos aspectos, sobre todo.
El primero, en el apartado del guión. Resulta imposible sacar más jugo a una historia que es emotiva, sí, heróica, también, y digna de contarse, claro. Pero que tiene sus limitaciones y que da de sí, lo que da de sí. Es pues maestro el modo en que se estructura aquí la narración, mezclando ensueños, pesadillas y realidad. Saltando en el tiempo, mostrando diferentes puntos de vista, a la usanza de “Rashomon” de Kurosawa. E imbricando todo ello hasta confluir con naturalidad, perfecta comprensión y plena expectación en el momento en que se cuenta todo lo que realmente pasó. 
El otro elemento maestro es, como no, la dirección de Eastwood. Probablemente, el último de los grandes contadores de historias al modo del Hollywood más tradicional (y hoy abandonado), más artesanal. Un cineasta fordiano, que cede todo protagonismo, precisamente, a la historia. Que pone la cámara de modo invisible, sin machadas, sin alharacas, sin histrionismos, y que deja que el relato se cuente solo. Que persigue que la emoción surja sin adulterar. Un tipo que, a la manera de Woody Allen, apenas indica el camino a sus actores, pero en torno a los que crea el ambiente que solo un interprete/director es capaz para que naturalmente afloraren los personajes. Y que tiene un ojo, además, certerísimo para los casting.


En ese sentido, esta primera colaboración de Eastwood con Tom Hanks no puede ser más oportuna y exitosa. Nadie como éste, nuestro particular James Stewart, para encarnar al héroe de la calle. El que lo es a su pesar. Ese forjado por el deber y una profesionalidad muy a lo Howard Hawks. El que hace lo que tiene que hacer, cuando lo tiene que hacer. Ese que se enfrentará por ello a la ingratitud y la soledad. Ese héroe que estaba en “El francotirador” y en tantos otros filmes del autor de “Sin Perdón”
No sé los años y las películas que le quedan. Son ya ochenta y seis castañas que él pretende ocultar rodando bien, rápido y dando dinero en taquilla. Sin poner cortapisas a lo que le encargan. Sin pasarse de presupuestos. Pero llegará un día en que la ley natural o la aseguradoras, como le ocurriera a Billy Wilder… Bueno… Mientras tanto, aprovechemos el privilegio de ir a clase a la sala de cine, a que el profe Clint nos siga enseñando la asignatura de cómo se hace una película.


NOTA: 10/10

TÍTULO ORIGINAL: "Sully"


viernes, 5 de febrero de 2016

"EL RENACIDO (The Revenant)": La machada de Iñárritu

Probablemente, a Iñárritu, como buen mejicano, le van las machadas. Y “El renacido” lo es. Como lo fueron “21 gramos”, “Babel” o “Birdman”, filmes que no se contentaban con contar historias convencionales, de modo tradicional. No. A este tipo le va eso de retorcer los esquemas narrativos, llevar sus actores al límite y crear personales maneras de contar historias. 


Ya, el fulano está engolado, y más desde su oscar por la peli con Keaton. Es ambicioso, y parece que en cada proyecto que acomete esta creando una Mona Lisa. Pero... ¡qué diablos! no tengo narices de criticar en esto del cine (y en la vida, en general) a quien piensa que no hay reto grande, sino ambición pequeña. 

No se cual será la próxima, pero, de momento eso, de irse al quinto pino, donde solo hay nieve, frío y la nada, a recrear el infierno survival que revive el filme en los huesos maltrechos de los actores de su casting, mega-star hollywoodiense incluida, me hace alabarle el gusto, D. Alejandro, al recordarme los tiempos en los que el cine veía a genios como Coppola mirar de frente a la locura, en todos los sentidos, con aventuras fílmicas de magnitudes como “Apocalypse Now”.

Iñárritu dirige a Di Caprio

Caído en desgracia Mel Gibson, a quién, como director y actor, el proyecto le hubiera venido hace unos años de perilla, quizás se usted el tipo con más redaños para esta reversión de la historia del trampero Hugh Glass, que ya llevaran en los 70 dos Richard a la gran pantalla: Richard C. Sarafian como realizador, y Harris, como protagonista.

Pero al final, machadas aparte, el asunto se viene a resumir en si ha merecido o no la pena tanta proeza. La respuesta aquí es, sí, rotundamente. 

Así, lo primero que sobrecoge del filme es su brutalísima puesta en imágenes, con una planificación, dirección y retrato de paisajes y sensaciones, por parte de Emmanuel Lubezki, como diría el torero im-presionante. Filmada con luz natural, casi siempre a la hora bruja, esa que es puente entre el día y la noche, a modo de metáfora del limbo vital en que se encuentra el protagonista, entre la vida y la muerte; lo de este fotógrafo, es además una aventura retratista de puntos de vista sobrecogedores en condiciones extremas. Me remito a secuencias como la magistral del ataque inicial.

El otro gran hito que pasma del filme es el auténtico tour de force contra sí mismo y la Naturaleza más agreste y despiadada que sufre Leonardo Di Caprio, y del que sale victorioso y de qué manera. Leo, has tenido papeles actorales mejores, pero si no te dan el oscar aquí como desagravio por el derroche de fisicidad del que haces gala, chico, olvídate. Realmente, la industria te detesta más que John Fitzgerald en el filme.
Lubezki, el Dios de la luz

Me gustan además muchas ideas que tiene la cinta, como por ejemplo, el retrato primitivo, despiadado, cruel y desmitificador de la forja del Nuevo Mundo. O como la película gira en torno a la idea de los padres y los hijos, que hacer por ellos o a consecuencia de lo que a ellos les pasa, como motor elemental del comportamiento humano (y animal).

Solo afeo del filme, algunas suspensiones de la incredulidad en la supervivencia y mejora física del trampero protagónico; como éste no es asesinado en un instante casi inicial de la cinta (aunque de ser así, hubiéramos jodido el invento); o como se resuelve el enfrentamiento final conceptualmente (con unas trascendencias espirituales casi fuera de lugar) y desde el punto de vista de la planificación del duelo, con acciones mal coreografiadas y hasta imposibles si comparamos los cuerpos de Tom Hardy y Di Caprio. 

Los homenajes (y algo más) a Tarkovski

Pero es pecata minuta ante la experiencia cinéfila, absorbente, nada pesada, pese al metraje y gloriosamente homenajeadora (y hasta algo más) del gran maestro Andrei Tarkovski. Eso sí, claro, de obligado visionado en pantalla grande, que digo grande, enorme güey.


NOTA: 9/10

TÍTULO ORIGINAL: The Revenat

sábado, 9 de enero de 2016

"STEVE JOBS": Sorkin, sí; Boyle, no

“Steve Jobs” no es “La Red Social”. En ésta última, a los que agoraban de ella mil cosas (entre otras, ser una película oportunista) Fincher respondió con oficio calculado, facturando un filme que tenía el tempo que añoraba J. K. Simons en “Whiplash”, ese que maridaba con el guión de Sorkin en envidiable simbiosis.

Pero Danny Boyle no es David Fincher. Es un tipo mucho más efectista, tramposo y falto de equilibrio. De ahí que la puesta en imágenes típica en su cine sea mucho menos sutil, más plástica y, en muchos momentos, deliberada y erróneamente protagonista.
Su abanico de trucos estético pueden ser útiles, cuando se trata de sumergirse en el subconsciente enganchado de un yonki (“Trainspotting”); o, cuando hay que distraer al público evadiendolo del único lugar en el que transcurre una historia (“127 horas”). Pero cuando hablamos de una cinta en la que “el cómo se cuenta” debe ceder su sitio a “lo que se cuenta”, los aspavientos narrativos están de más. 

Winslet, espectacular en el filme, junto a Fassbender

Así, los cambios de grano en la película, según pasan los tres actos, o la sobreimpresión de imágenes, pueden resultar recursos curiosones, pero el exceso de protagonismo estético puede llegar a lo grotesco (esos planos holandeses...) y hundir la función en momentos clave, como aquí ocurre (ejemplo, la escena de la reunión del despido).
Boyle, definitivamente, no es realizador para un filme guionizado por Sorkin. Le falta ubicación, perspectiva. Añadamos a ello, que aquí se le adivina incluso escasez de ganas, al ser un producto de mero encargo.
Los trabajos del creador de “The Newsroom” son de por sí un tour de force. Un ejercicio de movilidad verbal, física y conceptual. Que precisan de la atención del espectador, que no puede distraerse con nada, si pretende embeberse de todo lo que se le está contando. Así lo han entendido, además de Fincher, gente como, por ejemplo, Rob Reiner (“Algunos hombres buenos” y “El Presidente y Miss Wade”, filme germen de la mítica “El Ala Oeste de la Casa Blanca”), cuyos trabajos de realización han sabido situarse en un plano de ejemplar sencillez, que no simpleza, a la hora de poner en imágenes los textos de este guionista privilegiado. 

Boyle y Sorkin, agua y aceite

Y sí, el libreto de “Steve Jobs” no es perfecto. Claro que no lo es. Y está lejos de poseer el calado de otras obras de su autor. Pero, no perdamos, de nuevo, perspectiva. Probablemente, partir de una biografía autorizada como es el caso, no da mucha chance a ponerse incisivo, polémico o destapador de vergüenzas (aunque algunas, o varias, se expongan). Quizás aquí la virtud hay que buscarla en conseguir colar los dos primeros actos, estupendos, antes de rendirse al empachoso buenismo salvífico del tercero.


NOTA: 6/10

TÍTULO ORIGINAL: "Steve Jobs"

sábado, 31 de octubre de 2015

"LA VERDAD": Soy mas de Will MacAvoy

La verdad es que, visto el cine periodístico moderno que va desde la refundacional “Todos los hombres del Presidente” hasta la inobjetable “Buenas Noches y Buena Suerte”, se antoja pobre la aportación del debutante James Vanderbilt al género. Un director, por otro lado, del montón, cuya realización está lastrada a partes iguales por la ingenuidad y una monotonía aletargante. La maldad aquí me sugiere apuntar a los seguros consejos mangoneantes de ese bueno para nada que es Brett Ratner, productor del filme. 
La verdad es que no veo por ningún lado lo de meter en quiniela de los oscar a un título del que solo destacaría, la efectiva labor de secundarios como Dennis Quaid o Stacey Keach, que, sin descubrir la pólvora, se me antojan mucho más veraces que una sobreactuada reina del mambo Cate Blanchet, a cuya actriz y personaje tributa la cinta una pedante declaración de amor (libro obliga); o que un Robert “Chucky” Redford cada vez más momificado e inerte, a punto del envenenamiento masivo por botox. 

Blanchet y Redford

La verdad es que me cargan esos momentos fotográficos que parecen estar retratando a Dios “Rather” en la Tierra. Me indigesta el score imitador de rimbombancias quieronopuedista de Brian Tyler. Me amodorra la narrativa tediosa de su primer acto. Y, en suma, me decepciona una película que aspira a trascender y que acaba dejando una huella en el cine periodístico similar a la de “Íntimo y Personal”, curiosamente también con el abuelo Redford. 
La verdad es que, tras ver “The Newsroom”, específicamente su segundo temporada, confieso que dentro de su imperfección y desequilibrio, se me antoja que Sorkin ya diseccionó casi el mismo argumento con más aristas y brillantez. Y, sí, soy más de Will MacAvoy.
La verdad es que, tras olvidar “La verdad”, me entrarán ganas de revisar, además de las que apuntaba al comienzo, otros títulos más o menos tangenciales a éste que si recuerdo: “El Dilema”, “El político”, “El cuarto poder”, “El candidato”, “Network, un mundo implacable”, “Candidata al poder”, “La gran estafa” o “El precio de la verdad”…


NOTA: 5/10

TÍTULO ORIGINAL: Truth

sábado, 7 de marzo de 2015

"SELMA": Panfletaria, efectista, anticinematográfica...


Probablemente, “Selma” sea la cinta más panfletaria, efectista y anticinematográfica que he visto en años. Y me quedo tan ancho al decirlo, por muy políticamente incorrecto que pueda parecer este comentario, dado que el filme se ha erigido en la bandera con el que el black power hollywoodiense pretende sacudir este años las conciencias y reivindicar un pasado y presente de discriminación. 


Y es que, me vais a permitir que pase con olimpismo de connotaciones fuera de la pantalla que, francamente, como diría Rhett Butler, me importan un bledo. Porque, al fin y al cabo, lo que debe juzgar una película, no es otra cosa que su valía per se. Y, desde ese punto de vista, “Selma” es todo aquello que jamás quiero ver en un cine. 


Cuando tienes un argumento real tan potente, sensible y, diablos, mítico como el que cuenta la cinta de Ava DuVernay, la historia se cuenta por si misma. La película que de ello hagas no necesitas enfatizar cada imagen con una fotografía publicitaria, caer en la cámara lenta, subir la música sensiblera hasta el abuso, ni pretender en cada plano crear un icono. No estás haciendo Historia, nena, estás contando Historia. Y lo haces, además, sobre un tema como el racismo en la América profunda sobre el que se habrán podido llevar a cabo mil y una aproximaciones. Y sobre un personaje, Martin Luther King, sobre el que se ha dicho ya todo lo que cualquiera se sabe de carrerilla.

Ava DuVernay dirige a David Oyelowo

Con todo ello, lo que consigue “Selma” es retraer al espectador al que cansa tanta pose, tanta impostura antinatural, poco empatizable, en un tiempo que vivimos que, en lo audiovisual, es, pese a quien pese, hiperrealista.

Una lástima que, con el pretexto de llegar al gran público, de tratar de hacer carrera de premios, la opción que se tome pase por tratar infantilmente al espectador, con una burda manipulación demagógica, tópica y simplista a mas no poder. Pitt, Ophra y compañía se han gustado demasiado, olvidando muy pronto que se puede hacer cine militante a la par que de enorme calidad, como demostraron el año pasado auspiciando un peliculón, de poso muy similar, como fue la seca, brutal y maestra “Doce años de esclavitud”.


NOTA: 2/10

sábado, 21 de febrero de 2015

"EL FRANCOTIRADOR (American Sniper)": El perro pastor

“El francotirador” es una americanada, un panfleto proalistamiento para las huestes guerreras del tío Sam. Y la apología de un modo cobarde de luchar. Y, claro, una loa filofascista, justificadora de los desmanes imperialistas de los yanquis… Amigos, quien diga esto, o bien no ha visto la película, o está consumido, enfermizamente, por los prejuicios.


Y es que Eastwood, pese a enfrentarse a poner en imágenes la autobiografía del más letal francotirador de la reciente (y controvertida) Historia bélica de los EEUU, acomete esta tarea, eludiendo caer en el más obvio patrioterismo, e incluso en el más entendible patriotismo, y va directo a lo que realmente le interesa, contar la historia de un soldado y como la guerra le deja una huella difícil de borrar.

El filme, de hecho, no es un romance del héroe en el que se vitorean sus mortales records, cual si de un gladiador en circo romano se tratase. Todo lo contrario. El autor de “Cartas desde Iwo Jima” se cuida muy mucho, de cuestionar, continuamente, la ratio de la guerra, dando respuesta a ello, siempre, con la metafórica parábola del perro pastor, con la que casi principia el filme, definiendo prodigiosamente que tipo de personaje protagonizará la cinta.

Bradley Cooper, Clint Eastwood y el auténtico francotirador, Chris Kyle

La violencia como respuesta defensiva para evitar que el lobo te devore, y ello, pese a que esa violencia sea un fuego que quema, consume y, finalmente, aniquila. De esto va “El francotirador” y no de geopolítica o geoeconomía. De eso y de devolver la dignidad y la humanidad a quienes luchan por otros, incluso por los que creen que los lobos no existen.

Sentado esto, “American Sniper” es además una lección de cine. La que imparte un abuelo de ochenta y cuatro años que no tiene nada mejor que hacer que irse a Marruecos a rodar un filme bélico, con todos sus consustanciales elementos. Y digo una lección de cine porque la trinidad formada por el oscarizable guión de Jason Hall y la economía narrativa que Eastwood apoya en un montaje soberbio, dan como resultado su mejor película en años. Y es que nada hay superfluo. El arranque es un tiro que va certero al conflicto. Las escenas bélicas, las precisas para conformar la evolución psicológica y vital del protagonista, ajustadísimamente encarnado por Bradley Cooper. Y tiene instantes vibrantes, emotivos, terribles… Gracias maestro por otro peliculón, aunque no todos sepan o, mejor, no quieran verlo.


NOTA: 9/10

TÍTULO ORIGINAL: American Sniper




     

domingo, 7 de septiembre de 2014

"JERSEY BOYS": ¿El musical de Clint Eastwood?

“Oh, Eastwood no se achanta ante nada, ni con los años. Ahora le hinca el diente al musical…” Llevo escuchándolo días, en cada reportaje de lo último del maestro. Exasperante...


Habría que comenzar por aclarar que “Jersey Boys” no es un musical, sino un biopic con música, canciones para ser exactos. Porque eso de que de repente los diálogos hablados pasen a cantarse, acompañados de coreografías imposibles por irreales, solo ocurre, aisladamente y en cierto modo, en el epílogo de la cinta, único instante realmente deudor de la obra de Broadway en la que toma base.



Segunda aclaración, en estos terrenos de peli biográfica con elemento musical, no es debutante el bueno de Clint. ¿A alguien le suenan títulos como “Bird” o, en buena manera, “El aventurero de medianoche”? No obstante, tercera puntualización, que nadie espere una cinta a la altura de estas últimas. Entre otras cosas, porque esta hagiografía presuntamente escandalosa (por lo del trasunto mafioso) de los Four Seasons está afeitada, limadas sus aristas y eliminada toda asidera que permita pasear por lados oscuros, ya que la peli la pagan, en parte, algunos de los componentes del mítico grupo. 

Eastwood con alguno de los Jersey Boys en la ficción

De otro lado, Eastwood no se ha metido en camisa de once varas porque le importa un pimiento la música pop y rock, por mucho que ahora confiese ser fan de la formación vocal sesentera. Lo suyo es el jazz, solo el jazz (ver ese esbozo de pianito, no acreditado, marca de la casa, que se cuela en algunas secuencias). Como también le da lo mismo, que igual le da, el microuniverso italogansteril. Que nadie imagine una Scorsesada, ni en fondo, ni en forma.

Entiendo que si con 84 castañas aún hay quien te pague y te asegure una peli. Si has decidido morirte clavado en la silla de director. Y si encima te buscan y prefieren antes que a elementos de moda del tipo de Jon Fraveau. Lo debes tener claro, ruedas lo que haga falta. Aunque sea un encargo blandito, de los de hacer con piloto automático. Desde ese punto de vista, nada que objetar, salvo que siempre molesta ver a un pura sangre tirando de un carro.

Clint Eastwood con el auténtico Frankie Valli

No obstante, eso sí, claro, faltaría más, el filme está manufacturado con suma elegancia, sentido del espectáculo y tempo narrativo. Se ve la mano de su realizador en encuadres, planificaciones y, en general, en el look cuidadísimo de una película por encima de la media de las siempre previsibles de su género (aunque ésta también lo sea y mucho). Le falla, como antes decía, su guión que nunca tira a dar, ni llega a plantear conflictos de interés. Además, como ya ocurriese en “Banderas de nuestros padres” el casting es inane por flojo, sin empaque ni carisma (a excepción de su eminencia Christopher Walken). Ello, muy probablemente, a consecuencia de las servidumbres canoras.

Vale pues este caramelito para entretener sin más la espera previa al estreno de “American Sniper”, la buena que sigue a esta presuntamente mala, en el una sí, una no que parece marcar el último patrón de la filmografía de Eastwood. En tanto llega, aguardo sonriendo recordando el peculiar cameo del maestro en la película, probablemente lo más ingenioso y socarrón de todo el filme.


NOTA: 6/10

ESCUCHA ESTA CRÍTICA EN PODCAST CON EXTRAS: http://www.ivoox.com/jersey-boys-el-musical-clint-eastwood-audios-mp3_rf_3471707_1.html

TÍTULO ORIGINAL: Jersey Boys

sábado, 1 de marzo de 2014

"PHILOMENA": El oscar que nunca ganará Judi Dench

Los oscar son injustos. Te llegan o no. Y si lo hacen, hay que parafrasear el título de la peli de Woody Allen: Tomarlo y salir corriendo. A Judi Dench la miro un santo de cara en “Shakespeare In Love”. Sus ocho minutos encarnando a la reina Isabel I cayeron en gracia y se llevó a casa el eunuco dorado, mientras (ella y) muchos de nosotros nos frotábamos los ojos y decíamos WTF!
Y lo aprovechó, vaya que sí. Para Judi no hubo maldición del oscar. Aquello le sirvió para ponerla en el mapa, pese a ser una actrizaza, con sobre todo, mucho teatro, a sus espaldas. Su presencia en cualquier casting daba caché, clase, distinción british a la peli que fuera.
No obstante, supongo que estos días, la Dench se sorprende una y otra vez imaginando que va a la ventanilla de Academia y le permiten cambiar aquel de mejor secundaria por este de mejor actriz principal por “Philomena” al que está nominada. Probablemente, uno de los mejores trabajos de toda su carrera, que es decir… y mucho.
Y es que, en la película de Frears está de un soberbio superlativo. Sin maquillajes, sin vestuarios suntuarios de época, sin tics, sin hacer de loca, de borracha o de tonta. Sin aditamentos, sin concesiones a la galería. Solo ella dando piel y voz a una mujer ordinaria, con una pequeña gran historia entre manos.



Y así encara su performance, con la naturalidad que solo las grandes saben exudar. Cada gesto es sutil, cada frase está dicha sin discurso. Cada reacción es humana. Cada mirada es la de esa vecina, ya algo mayor, que vive en el piso de arriba de nuestro bloque.
El problema es que Judi, tuviste tu momento, estuviste de moda, rompiste la pana con tu presencia hace ya más de quince ceremonias y esta vez toca turno a otra que, probablemente, nunca llegará a alcanzar la sublime maestría con que das clases en este pseudo telefilme sensiblero de Stephen Friars. Pero amiga mía, permíteme terminar con otro parafraseo, este más prosaico, a lo Sandro Giacobbe: por mucho que me duela, lo siento mucho, el oscar es así, no lo he inventado yo.

By Harry Callahan

NOTA: 5/10

TÍTULO ORIGINAL: Philomena

viernes, 17 de enero de 2014

"EL LOBO DE WALL STREET": Sexo, drogas y ... dinero


“El lobo de Wall Street” es una película definitivamente machista, misógina, larga, muy larga y que, pese a sus tres horas, no explica bien en que consistieron las estafas que perpetró su protagonista. Como tampoco presta mucha atención a cómo la Justicia le echa el guante. Está llena de excesos, de dislates y de glorificación de los mismos. Es hasta inmoral dicen algunos. Pero, amigos míos, pese a todo, es una auténtica gozada.
La clave, el tipo que la dirige. Un setentón que filma con el nervio de un niñato que sabe de cine lo que nadie conseguiría aprender en varias vidas. Martín Scorsese, un autor con todas las letras que sabe exprimir hasta la última gota los recursos que el lenguaje fílmico pone a su disposición, para parir espectáculos como esta hagiografía descarada de un jodido pecador. Un putero, avaricioso, egoísta, drogadicto y delincuente que encarna en sí la quinta esencia de virtudes del capitalismo más depredador.
No es un secreto la fascinación que siente el realizador de Queens por los fuera de la Ley. Los que hacen lo que les da la gana, da igual a costa de qué o de quién. Los que desprecian las reglas. Los que se mofan de ellas. Al bueno de Martín le encanta contar su auge y caída. De hecho, este filme no es más que una relectura de “Uno de los nuestros”, con gangsters de cuello blanco. El personaje de Di Caprio es una especia de sosias del que encarnase Ray Liotta. Sus trayectorias van paralelas, aunque sus universos son muy diferentes.



Scorsese dirigiendo a sus actores

Y sí, hay algo de moraleja. Soltada con muy mala baba y amargura. El epílogo de la cinta es buen ejemplo. Pero se me antoja una imposición para que no te pongan la cara colorada. Pues con lo que se lo ha pasado pipa el realizador de “Casino” es contando el lado más pecaminoso y tentador del sueño americano: el salvaje, el orgiástico, el que no tiene límites, el que hace salivar incluso al más virtuoso, ese que apela a las más bajas pasiones humanas.
Y es que, en realidad, “El lobo de Wall Street” por mucha sesuda metalectura trascendental que se quiera hacer, por mucha disección sociológica y retrato histórico que se le quiera atribuir, por muy cojonudamente dirigida, interpretada y filmada que esté, no es más que un muy disfrutable desparrame, el velado capricho de alguien a quien nunca llamarían para hacer una de juergas, colegas y despelotes pero que en el fondo, muy en el fondo, se moría por hacer.

By Harry Callahan

NOTA: 8/10

TÍTULO ORIGINAL: "The Wolf of Wall Street"
WEB OFICIAL:http://ellobodewallstreetes.tumblr.com/
TRAILER: http://www.sensacine.com/peliculas/pelicula-127524/trailer-19537104/
DATOS ADICIONALES: http://www.imdb.com/title/tt0993846/
 

lunes, 23 de diciembre de 2013

"DOCE AÑOS DE ESCLAVITUD": ¿La nueva Lista de Schindler?

Rodar una película sobre el esclavismo americano tiene concomitancias respecto de hacer lo propio con el Holocausto nazi. ¿Qué más se puede filmar que no se haya hecho ya? Por eso, el matiz está en el punto de vista, en el modo de aproximarse a los hechos y narrarlos. Y ahí reside el valor añadido de cineastas como Steve McQueen o Steven Spielberg. Ambos, además de coincidir casi en el nombre, tienen en común haber realizado quizás los filmes definitivos sobre estas dos ignominias históricas. Pero son también autores radicalmente diferentes. 

Aun marcando “La lista de Schindler” un antes y un después en el modo de hacer cine del director de “Munich”, convirtiéndose éste más adulto y ambicioso por ser cronista amargo de determinados episodios históricos, con todo, su ADN seguía ahí. Y si hay algo que Spielberg utiliza magistralmente, también en aquella cinta, es la manipulación del espectador. Todos los recursos audiovisuales que emplea se conducen siempre a eso, a embaucarlo y hacer aflorar emociones, cuanto más exacerbadas, mejor. Y que no se me malinterprete, este modo de concebir un filme no es necesariamente malo, ni bueno, tampoco. Es, sencillamente, una manera de hacer películas, que se remató en aquella ocasión en obra maestra, sin paliativos, ratificada además por siete premios oscar.

McQueen dirige a Chiwetel Ejiofor

En “12 años de esclavitud” encontramos un cineasta opuesto por el vértice al realizador de “E.T.”. McQueen utilizará todo su arsenal cinematográfico para ofrecernos un punto de vista naturalista, seco, adusto, directo, sin regodeos, sin reiteraciones, sin climax in crescendo que culminan en el paroxismo. El modo de narrar de este inglés de ascendencia caribeña (y que, por tanto, sabe aquí de lo que habla) prefiere ir al grano y constituirse en Notario costumbrista y dar, sencillamente, fe de un pasado histórico tan brutal que solo de por sí, mostrado sin aditivos, ya sobrecoge al espectador.

El arranque de la película es así ejemplo de lo que digo. La plantación, el día a día, el trabajo de los esclavos. Una cámara que avanza, subjetiva, entre las cañas de azúcar hasta descubrirles en el tajo. En pocos planos voyeurs, casi documentales, estamos en situación. La cotidianeidad en el Sur. El realizador nos ha mostrado así una declaración de intenciones que no abandonará ni siquiera cuando aborde la resolución de la historia y como esta se desencadena y concluye: sin aspavientos, sin machaques, sin manejos.

Lupita Nyong´o, actriz revelación

Allí donde Williams y Perlman nos conmovían el alma de continuo con un violín de emotividad inusitada; aquí mi casi siempre odiado Zimmer acierta al insertar eventualmente anacrónicos elementos como la guitarra eléctrica en un score autoreferencial de otros como el de “Origen”, sí, pero en nada sensiblero ni conmovedor.
Allí donde, por ejemplo, la fotografía de Janusz Kaminski era preciosista, filtrada, y proponía de salida una adulteración del objeto de filmación, optando por un dramático blanco y negro predisponente a empatizar con el drama; aquí Sean Bobbitt prescinde de aditamentos y artificios, se vuelca en el retrato fiel con un menos obvio pero exquisitísimo tratamiento de la luz, respetándola en cada momento, adaptándose a su cantidad y condiciones, incluso cuando estas son prácticamente inexistentes. Ya, pero en “12 años de esclavitud” hay preciosas imágenes ¿no? Claro, por supuesto, pero es culpa del Sur que su Naturaleza sea de exultante belleza, no del fotógrafo que sí que es bendito reo confeso de contrastarla proverbialmente con el horror con el que el hombre la salpica y emponzoña.

Fassbender, el Amon Goeth del filme

Y es que en algo coinciden los dos filmes: en proponernos un horror insondable, cotidiano, aceptado, instituido, que rodea e inunda, frente al que se permanece impávido en el mejor de los supuestos, se hace negocio, o saca de las entrañas del ser humano toda su vileza. En este último caso, incluso ambas cintas tienen personajes miméticos que lo muestran descarnadamente. El Amon Goethe de Ralph Fiennes y su relación con la judía Helen, y ahora el Edwin Epps de Michael Fassbender, con sus muy similares tratos a y con la esclava Patsey. 
Curioso que, precisamente ahora que se cumplen veinte años del estreno de “La Lista de Schindler”, un filme de pretensiones y resultados exitosos parecidos, nos la vuelva a traer a colación, aunque solo sea para establecer paralelismos y comparaciones que no tienen porqué ser, como decía al comienzo, necesariamente odiosas.

By Harry Callahan

NOTA: 9/10

TITULO ORIGINAL: "12 Years A Slave"

martes, 3 de diciembre de 2013

"MASTERS OF SEX (SERIE DE TV)": Todo lo que siempre quiso saber sobre el sexo

¿Animales de instintos primarios o seres capaces de obviarlos? ¿Individuos sexuales de impulsos o que racionalizan sus pulsiones íntimas? En el fondo, polemizar sobre el sentido de la vida... ¿Estamos aquí sólo para perpetuar la especie o para algo más? Y, lo más importante: ¿qué es el sexo? y, si lo arrolla todo a su paso ¿tiene sentido resistirse, hablar de amor, amistad, compromiso, lealtad, matrimonio…?
Ni en mis sueños más castos imaginaba que tendría que dármelas de trascendental para contar qué es lo que me pone de una serie llamada “Masters of Sex”, cuya castellana traducción parecía ser obvia: maestros del sexo, y que además era protagonizaba por Lizzy Caplan, a la que mi satirona memoria recordaba por ser mejor desnudo del año gracias a sus tórridas escenas en "True Blood".
Pero resulta que el Masters del título apuntaba al asunto un doble sentido, pues era igualmente el apellido de un tipo que, junto a su uniquísima ayudante y casquivanos métodos, decidieron estudiar, científicamente, por primera vez, el sexo. Y se atrevieron a hacerlo en los frígidos sesenta del siglo pasado, en una América más que mojigata, y de un modo tan explícito como de obvio polémico.



Lizzy Caplan es Virginia Johnson


Es éste, precisamente, el telón de fondo de la producción de la cadena Showtime, que aquí ofrece Canal+. Un escenario histórico real que, no obstante, se convierte, una vez se desnuda, en mero Macguffin, pues el estudio no es más que un catalizador para reflexionar sobre cuanto decía al comienzo, gracias a un producto televisivo dotado de una inteligencia muy salida.
¿Es posible hablar de cómo la gente folla sin apelar el morbo? Definitivamente sí. La serie lo demuestra. O, al menos, prueba que ese hipotético morbo puede ser, todo lo más, la tentación para que el espectador propenso al calentón pique y entre a cuanto hay detrás, que no es otra cosa que un fresco sociológico que en nada envidia al de la referencial "Mad Men". Una descripción que penetra en un mundo de apariencias, de convencionalismos, de vidas pautadas, que encorsetan al individuo y lo vuelven insatisfecho, infeliz, frustrado. Un universo desvirgado y poseído por la ignorancia, los prejuicios, y un machismo recalcitrante, en el que sus protagonistas son bamboleados mientras buscan un siempre difícil encaje en lo que de ellos se espera. Un lugar en el que la libertad es una puta cara que se ríe mientras te entrega a un pim, pam, pum orquestado por la envidia, el rencor y el miedo a lo desconocido, a lo diferente. 

La inmensa Allison Janney, sobre su personaje

Y para calentar aún más toda esta procaz propuesta, Michelle Ashford y Sarah Timberman, las impúdicas showrunners han contado con un encamado de actores que empalman una tras otra, lecciones de como meter a sus personajes la vida interior que el minucioso guión les caligrafía. Así, los protagónicos Michael Sheen y Lizzy Caplan (definitivamente, más que palmito para pecar), se devoran mutuamente en cada plano, secundados por prodigios de todos conocidos como Allison Janney o por presencias tan eficaces e idóneas como las de Beau Bridges, Caitlin Fitzgerald o la candidez pudenda de Helene Yorke. Todos ellos sostenidos, en momentos, por conversaciones ingeniosas, trágicas, con humor preñado de fina ironía; en otros, por miradas, gestos, comportamientos, que son pura concupiscencia narrativa.
Nada, en fin, es aquí gatillazo. Todo ralla el orgasmo seriéfilo en la producción revelación de la temporada, condenada a ser muy promiscua cuando toque hablar de Globos de Oro y Emmys y dar un inolvidable revolcón a todo el que se atreva con ella a ejercer de mirón.   

by Harry Callahan

NOTA: 9,5/10

ESCUCHA ESTA CRÍTICA EN PODCAST: https://dl.dropboxusercontent.com/u/224337446/LQYTDMastersOfSex.mp3

TÍTULO ORIGINAL: "Masters of Sex"