viernes, 5 de diciembre de 2014

"MAGIA A LA LUZ DE LA LUNA": Unas vacaciones en la Provenza

“Magia a la luz de la luna” es frívola, superficial. Tanto que, a medida que se ve, ya se va olvidando. Tiene las señas clásicas de su autor, sí. La muerte, el más allá, lo racional, el corazón, enamorarte de quien no debieras... Pero todo ello, deliberadamente simplificado, suavizado hasta la simpleza más carente de intríngulis. De suerte que solo lo estupendos que están Emma Stone y Colin Firth mantienen el interés en el visionado. Bueno, eso y la suprema elegancia con la que está rodada; y la exquisitez del diseño de producción, y de su fotografía, y de su selección musical, y de todos los elementos técnicos, en suma, que convierten al espectador en un ricachón provenzal más, testigo de pasatiempos paranormales y amatorios. 

Allen dirige a Stone y Firth

El filme, su historia y la manera de narrarla se contaminan así de la existencia banal, insulsa y pueril de sus protagonistas, para no contar casi nada. No hay apenas chispa ni ingenio, salvo el que destilan los tópicos juegos florales de una pareja antagónica a priori, condenada a serlo sí o sí. Pero es que “Magia a la luz de la luna” es solo un cuentecito. Ese que ideó Allen para poder echarse, mientras la rodaba, unas vacaciones de postal en la, siempre idealizada por cualquier yanqui, Provenza gabacha.

by @magnumcallahan

NOTA: 6/10
TÍTULO ORIGINAL: Magic in the Moonlight 


sábado, 8 de noviembre de 2014

"INTERSTELLAR": Tan engreída como su hype

“Interstellar” sirve para varias cosas. La primera, para (re)confirmar que no hay un cineasta más engreído en el Hollywood actual que Christopher Nolan. Todo en su última realización es pretenciosidad (sí, aún más que de costumbre, más que “Origen”, sí); como lo es también ánimo de aportar, graciosamente, su contribución a la Historia del Cine, esa que se escribe con letras grandes y doradas; resultando en su afán de trascender imposible no señalar sus indisimulables intentos de alcanzar futilmente lo que en su día fueron “2001” de Kubrick o “Solaris” de Tarkovsky. 


La segunda cosa que muestra “Interstellar” es que nos queda muuucho que soportar de ese Matthew McConaughey no menos henchido de gozo de conocerse a sí mismo, que recuerda al espectador, plano a plano, lo que mola su nuevo yo interpretativo, ese que gana oscars y al que le roban Emmys. 

También “Interstellar” es muy adecuada para preguntarse como ese actor sorpresa que aparece a medio metraje puede estar tan fallido; lo desaprovechadita que está Jessica Chastain; y ya puestos porque, la Hathaway no salva la función con un par de gorgoritos a lo “I dreamed a dream”, entre tanta conversación poético-filosófica definitivamente imposible entre seres humanos, por muy científicos culturetas que sean. 

Nolan dirigiendo a Chastain

Por otro lado, “Interstellar” demuestra a las claras que Nolan tiene el mismo talento para emocionar al respetable como James Cameron lo tuvo con “Titanic”. Y mira que era fácil, muy fácil. Ah… ¿que os emocionó “Titanic”…? Pues entonces seréis felices.
Como de paradojas, malas explicaciones, giros What The Fuck que precipitan el filme al vacío e incoheretes epílogos no puedo hablar porque haría spoilers (aunque bien que me gustaría), concluyo refiriendo que para lo último que serviría “Interstellar” es para evidenciar que esta misma historia, con muchos de sus elementos en común, la conto con más honestidad el nunca bien valorado Robert Zemeckis en “Contact”. Y en muchos menos minutos. Y con una deliciosa música de Alan Silvestri, y no el habitual estruendo engolado de Zimmer. 
Hala, ya podéis empezar a lapidarme los que tenéis el seso sorbido por el hype.


NOTA:4/10
TÍTULO ORIGINAL: "Interstellar"

sábado, 1 de noviembre de 2014

"CAMINANDO ENTRE LAS TUMBAS": Una pequeña perla del noir detectivesco

“Caminando entre las tumbas” es una pequeña perla del género, en serio peligro de pasar desapercibida. La culpa dicen la tiene adolecer de un argumento que obre malabarismos narrativos. Tampoco posee giros de pasmar a la platea. Pero, quien sepa trascender a esos nimios inconvenientes, descubrirá que todo lo demás en ella está milimétricamente orquestado para hacer las delicias de cualquier amante del noir detectivesco, que se precie de serlo. 


La caligrafía psicológica del personaje protagónico es tan portentosa como clásica. Descansa sobre las particulares hechuras un Liam Neeson formidable. Y su arco evolutivo está certeramente descrito, desde el expeditivo arranque de la cinta, puro western, hasta el plano final que contempla el rostro del (anti)héroe, ajado por lo vivido: lo de ahora, lo de antes y lo de siempre. 

                       La fotografía es excepcional, ejemplo de aprovechamiento de la profundidad de campo

Pero no solo la talla (en todos los sentidos) de Neeson inunda la pantalla. También lo hace un exquisito empleo de la fotografía, brillante en sus insondables oscuridades; milimétrica, en la composición de planos; multidimensional, en los usos de la profundidad de campo.

Y encima, deambulan por el metraje tipos tan siempre inquietantes como Ólafur Darri Ólafsson. Y otros, tan insólitamente, turbadores como el televisivo David Harbour, perfectísimo aquí. Ni siquiera me molesta, como debería, el crío que hace las veces de escudero iniciático del protagonista.

Otro plano de composición impecable

Dios bendiga a quienes aún pagan porque gente como Scott Frank (del que ya me gustó “The Lookout”, además de muchos de sus guiones para filmes muy conocidos) escriban y dirijan trabajos como éste. Por cierto, en esas lides, algún día alguien debería reconocer la labor como productor de Danny DeVito. 

Si pese a lo dicho, no terminé de expresarme lo lacónico que cualquier epitafio exige, os diré, en resumidas cuentas, que “Caminando entre las tumbas” es una de esas pelis que Clint Eastwood bien podría haber protagonizado y dirigido hace unos años. Con eso quizás debí empezar y hubiera bastando.


NOTA: 7/10

TÍTULO ORIGINAL: "A Walk Among The Tombstones"

sábado, 18 de octubre de 2014

"RELATOS SALVAJES": Szifron, el pescador


Me cuentan los que pescan que la clave para capturar al animal es dar y tirar de sedal, anticipando sus movimientos, con firmeza pero delicado, convenciéndole a la postre de que se entregue. Qué es estéril resistirse. Que haga lo que haga, terminará en la buchaca. 

Sí, sí, parece fácil, me aclaran, pero en el toma y daca, es muy posible que el bicho gane la partida, la tanza tense demasiado y se rompa, siendo ya imposible recuperar al pez que se irá libre, lejos, muy lejos, de donde no volverá, pues sabe bien lo que hay.

Damián Szifron es un consumado pescador. De esos que podría dar mil y un consejos como los que apuntaba. Y todos impagables. Curtido en televisión (“Los Simuladores”, “Hermanos y Detectives”) donde el share te puede convertir, de un día para otro, en picadillo para surimi, sabe cómo hacer que el espectador muerda el anzuelo y ya no lo suelte jamás.

Damián Szifron, de pesca

“Relatos Salvajes” es paradigmática de cuanto digo. En ella las historias se tensan dramáticamente y se destensan con comicidad, para al final, de con un certero golpe dejarte como pez fuera del agua, desarmado y presa de quién te ha sabido guiar a donde no esperabas. 

Entre los valiosos aparejos del autor de “Tiempo de valientes”, encontraremos un manejo de las herramientas audiovisuales pasmoso, en el que aspectos como la fotografía, el montaje o los insertos musicales actúan en apoyo envidiable de unas historias que embaucan y prenden así definitivamente. 

El de la boda, el mejor de los relatos

Si tuviese que quedarme con uno de los relatos salvajes, ejemplificante de todo lo que comento, lo haría, sin dudarlo, con el último. Una mascletá de recursos narrativos que tensa hasta límites insospechados una historia que camina siempre al filo del abismo, y que bien podría romperse en cualquier instante, malográndose por ridícula con el consiguiente cabreo del personal, pero que su director (y guionista, y montador, y…) sabe coronar del único modo posible, después de habernos hecho vivenciar una montaña rusa de sensaciones. 

Visto lo cual, no me resisto, ningún inconveniente en seguir picándole, señor Szifron, me tiene usted en su red.


NOTA: 8/10

TÍTULO ORIGINAL: "Relatos Salvajes"

sábado, 11 de octubre de 2014

"PERDIDA": El asombroso David Fincher

Las preguntas que el personaje de Ben Affleck se hace en la escena que arranca y concluye “Perdida”, bien podría contestárselas Danny De Vito, recomendándole que viese el supremo plano final de su película “La Guerra de los Rose”, ese en el que la Turner y Michael Douglas terminan sepultados por la lámpara de araña después de repartirse estopa hasta el ultimísimo instante de aquel lisérgico filme.

Y es que no son pocas las concomitancias que comparten ambas películas. La primera, que desde hace los veinticinco años que separan ambos estrenos, no había visto una disección tan vitriólica y mala babera de la desintegración de un matrimonio. O de cómo el amor puede mutar en odio y éste llegar a todos sus psicóticos extremos. 




Por primera vez esa sonrisa de Affleck es exigencia de guión


También las dos cintas jugaban a ser caramelos envenenados, y bajo las pieles, a ratos del drama, la comedia y, claro, el thriller, el lobo se ocultaba en hechuras del cordero, pareciendo lo que no era; cuando en el fondo más oscuro, retorcido e insano, ambas disparaban a matar, aviesas, a todo atisbo de poesía y romanticismo, interesadas en demostrar que la vida idílica en pareja es tan antinatural como imposible, dadas las naturalezas intrínsecas de los hombres y las mujeres. 
No obstante, ahí podrían concluir las similitudes, pues, en su propuesta fílmica, las dos producciones discurren por derroteros muy diferentes. Obviamente, Fincher es un cineasta con personalidad propia. Probablemente, uno de los pocos autores del mainstream que sabe preservar sus esencias e imponerlas a quién sea, de modo que incluso sus proyectos menos afortunados, son piezas coherentes con el resto y con el propio discurso que el total de su obra está conformando casi desde el comienzo. 

Fincher dirigiendo

Así, en “Perdida” está el salto al vacío de “Alien 3”, el efectismo de “Seven”, el desasosiego de “The Game”, la audacia de “El club de la lucha”, los convencionalismos de “La habitación del pánico” o “Millenium”, la presuntuosidad de “Zodiac” y "El extraño caso de Benjamin Button", y la maestría de “La red social”
Pero sobre todo, lo que “Perdida” supone es la consagración de este tipo como gran contador de historias retadoras, que es a la postre por lo que debe medirse a un cineasta. Resulta extraordinariamente complicado enfrentarse a un relato como el que propone este filme, con sus idas y venidas, golpes de efecto, cargas de profundidad y afanes por no dejar puntada sin hilo, de modo que te lo zampes sin pestañear una sola vez en sus 149 minutos. En el envite, lógicamente, ha jugado un rol definitivo la filigrana guionística que Gillian Flynn ha realizado con su propia novela. Pero el asunto hay que ponerlo en pantalla, en las fisicidades de un casting protagónico no especialmente cualificado a priori. Y construir además un entretenimiento sin fisuras, destinado a ser evento cinematográfico y comidilla de tertulias cinéfilas. 

Rosamunde Pike, la asombrosa Amy

J. A. Bayona decía en un tuit que Fincher era el heredero del cine setentero de Lumet, Pollack y Pakula. No puedo estar más de acuerdo. Contadores de historias complejas, poliédricas, incómodas, con morales que se pasean por filos cortantes, ahondadores de las naturalezas humanas, autores de pulso firme y paridores, en fin, de productos con poso, adultos, de los que ya no quedan en este mundo cada vez más políticamente correcto, conquistado por la mojigatería made in Walt Disney.


NOTA: 9/10

TÍTULO ORIGINAL: Gone Girl

domingo, 7 de septiembre de 2014

"JERSEY BOYS": ¿El musical de Clint Eastwood?

“Oh, Eastwood no se achanta ante nada, ni con los años. Ahora le hinca el diente al musical…” Llevo escuchándolo días, en cada reportaje de lo último del maestro. Exasperante...


Habría que comenzar por aclarar que “Jersey Boys” no es un musical, sino un biopic con música, canciones para ser exactos. Porque eso de que de repente los diálogos hablados pasen a cantarse, acompañados de coreografías imposibles por irreales, solo ocurre, aisladamente y en cierto modo, en el epílogo de la cinta, único instante realmente deudor de la obra de Broadway en la que toma base.



Segunda aclaración, en estos terrenos de peli biográfica con elemento musical, no es debutante el bueno de Clint. ¿A alguien le suenan títulos como “Bird” o, en buena manera, “El aventurero de medianoche”? No obstante, tercera puntualización, que nadie espere una cinta a la altura de estas últimas. Entre otras cosas, porque esta hagiografía presuntamente escandalosa (por lo del trasunto mafioso) de los Four Seasons está afeitada, limadas sus aristas y eliminada toda asidera que permita pasear por lados oscuros, ya que la peli la pagan, en parte, algunos de los componentes del mítico grupo. 

Eastwood con alguno de los Jersey Boys en la ficción

De otro lado, Eastwood no se ha metido en camisa de once varas porque le importa un pimiento la música pop y rock, por mucho que ahora confiese ser fan de la formación vocal sesentera. Lo suyo es el jazz, solo el jazz (ver ese esbozo de pianito, no acreditado, marca de la casa, que se cuela en algunas secuencias). Como también le da lo mismo, que igual le da, el microuniverso italogansteril. Que nadie imagine una Scorsesada, ni en fondo, ni en forma.

Entiendo que si con 84 castañas aún hay quien te pague y te asegure una peli. Si has decidido morirte clavado en la silla de director. Y si encima te buscan y prefieren antes que a elementos de moda del tipo de Jon Fraveau. Lo debes tener claro, ruedas lo que haga falta. Aunque sea un encargo blandito, de los de hacer con piloto automático. Desde ese punto de vista, nada que objetar, salvo que siempre molesta ver a un pura sangre tirando de un carro.

Clint Eastwood con el auténtico Frankie Valli

No obstante, eso sí, claro, faltaría más, el filme está manufacturado con suma elegancia, sentido del espectáculo y tempo narrativo. Se ve la mano de su realizador en encuadres, planificaciones y, en general, en el look cuidadísimo de una película por encima de la media de las siempre previsibles de su género (aunque ésta también lo sea y mucho). Le falla, como antes decía, su guión que nunca tira a dar, ni llega a plantear conflictos de interés. Además, como ya ocurriese en “Banderas de nuestros padres” el casting es inane por flojo, sin empaque ni carisma (a excepción de su eminencia Christopher Walken). Ello, muy probablemente, a consecuencia de las servidumbres canoras.

Vale pues este caramelito para entretener sin más la espera previa al estreno de “American Sniper”, la buena que sigue a esta presuntamente mala, en el una sí, una no que parece marcar el último patrón de la filmografía de Eastwood. En tanto llega, aguardo sonriendo recordando el peculiar cameo del maestro en la película, probablemente lo más ingenioso y socarrón de todo el filme.


NOTA: 6/10

ESCUCHA ESTA CRÍTICA EN PODCAST CON EXTRAS: http://www.ivoox.com/jersey-boys-el-musical-clint-eastwood-audios-mp3_rf_3471707_1.html

TÍTULO ORIGINAL: Jersey Boys

miércoles, 6 de agosto de 2014

"FARGO (serie TV)": Deconstruyendo a los Coen

Revisitar los particulares universos de creadores únicos suele ser deporte de riesgo. Que se lo pregunten a Gus Van Sant, cuando se encaprichó en fusilar plano a plano al maestro Hitchcock y su "Psicosis". Aún le canean sin piedad y con justificada inquina en los mentideros críticos. Y, ojo, de aquella herejía van a cumplirse casi veinte años. 


Por eso, cada vez que el término remake se menta, es para el cinéfilo como la bicha. El What The Fuck está cantado y la escopeta cargada, rebosante de mala baba, presta a descerrajarse sobre quién ose perturbar la memoria de cualquier peliculón.



Así, cuando al bulo tuitero que generó incredulidad, siguió la confirmación por parte de FX de que "Fargo", el "Fargo" de los Coen, ese "Fargo", iba a convertirse en serie, nadie dio dos duros porque de aquella infeliz idea saliese algo medianamente comestible. Lo más bonito que se dijo fue lo de siempre en estos casos: que era innecesario.


Freeman y Thorton en "el momento" de la serie


¿Innecesario? ¿De verdad? Pero que prejuiciados podemos ser. Por fortuna, en ocasiones, la excepción confirma la regla y, mira por donde, ha resultado que la serie no sólo se ha convertido en un necesario, o mejor aún, imprescindible apéndice expansivo de la película, sino que ha superado a ésta en muchos aspectos. Antes de que me mandéis a Lorne Malvo a aplicarme un correctivo (que inmenso Billy Bob Thorton), os lo razono.

Evidentemente, una película no es una serie. Estamos de acuerdo. Noventa minutos no son quinientos. La economía narrativa es tirana con la primera. En la segunda, puedes regodearte en contar pelos y señales de todo lo que en el filme solo se esbozaba. Vale. Tocino, velocidad, churras, merinas, ser injusto al comparar, odiosamente. Sí, lo que queráis. Pero la experiencia, como espectador, es al fin y al cabo lo que cuenta. Y, en esos terrenos, la serie, como cantaría Silvio Rodriguez, no es perfecta más se acerca a lo que yo simplemente soñé.

Si preguntamos a Ferrán Adriá en que consiste deconstruir, te contestará con su atropellada dialéctica pero muy clarito que deconstruir es aislar los diversos ingredientes de un plato, y reconstruirlo de manera diferente, de tal modo que el aspecto sea distinto, mientras que el sabor permanece inalterado. Pues bien amigos, eso es Fargo, la serie, una fenomenal deconstrucción de la sui genéris obra que los Coen parieron en 1996.

Joel Coen y Frances McDormand en el rodaje de la película

Y es que la serie recoge todo ese imaginario esperpéntico, teñido estúpidamente de sangre y basado en hechos hipotéticamente reales, aisla sus esencias, potencia sus sabores, y los presenta emplatados con una propuesta audiovisual que va más allá del origen fílmico. 

Porque la cámara aquí se mueve mejor, con alambicadas secuencias, encadenados y composiciones de plano de pura filigrana. La música de Jeff Russo, además de homenajear con obviedad la de Carter Burwell, empasta y funciona en sincronía suiza con lo que ocurre en pantalla, dotando a la imagen de un poder insoslayable y maridando con ejemplaridad las labores de montaje. Buena prueba de lo más allá que audiovisualmente va la serie, son los prólogos de los capítulos y lo que en ellos se cuenta. Aperitivos pura delicatesen que abren el apetito voraz hasta del espectador más receloso a la revisión de sus tótems cinéfilos.

El gran crossover de la película y la serie

Llegados a este punto, conviene aclarar que argumentalmente, las dos propuestas divergen. Estamos en medio de la nada, nieve por todas partes, hay poli embarazada, jerseys horteras de cuello vuelto, está leñador gigante, el buey azul y, claro, efectos mariposa y azares que se vuelven bromas macabras; y violencia fortuita, atávica, descontrolada, en atónita espiral. Pero las historias son distintas, pobladas por personajes que son derivaciones, tributos o síntesis de la peculiar fauna que descubría la película. Ello propone además un curioso juego de quién es quién, o de qué es qué. De descubrimiento de crossovers y huevos de pascua, escondidos por doquier para guiñar el ojo, no solo a la cinta primigenia, sino al universo Coen, pues de hecho, no solo de “Fargo” vive la serie, sino que también los hace de “Sangre Fácil”, “El Hombre que nunca estuvo allí”, “No es país para viejos” o “Un tipo serio”.

¿Y si tú estás en lo cierto y los demás están equivocados?

Una serie que desata algo que solo esbozaba la película: el humor negrísimo, cruel, insano que apela a unos instintos tan bajos como los que se desnudan de un protagonista muy Walter White, por cierto, ahogado y pisoteado por un micromundo poblado por gente imbécil, prosaica, inaguantable, jode vidas, que merecen saber que tú estás en lo cierto y los demás equivocados.

Probablemente, la mejor película de Tim Burton no la dirigió él. Me refiero a “Pesadilla antes de Navidad”. Henry Selick consiguió en aquella lo que el showrunner y, acertadamente, único guionista, Noah Hawley, ha logrado en ésta. Tamizar el aluvión creativo de un genio, dos aquí, y sintetizarlo en lo que realmente merece ser contado, de la manera que merece ser contada, creando una obra inobjetable, sin excesos ni caprichos, perfecta en su concepción y desarrollo. Certerísima, como experiencia más allá de un filme que, a la postre, resulta que pedía a gritos más, mucho más.

Allison Tolman (ojo al escudo...)

Y es que, que menos podía esperarse de una serie en la que sus polis llevan, en el escudo, nada menos que al toro de Osborne.

By @magnumcallahan

NOTA: 9/10

ESCUCHA ESTA CRÍTICA EN PODCAST CON EXTRAS: https://dl.dropboxusercontent.com/u/224337446/FargoCriticaLasCriticasdeHarryCallahan.mp3
TÍTULO ORIGINAL: Fargo
TRAILER: http://www.sensacine.com/series/serie-11042/video-19538108/
WEB OFICIALhttp://vod.fxnetworks.com/watch/f7757753-c450-42f9-b0f9-9a617628fcfa
DATOS ADICIONALES: http://www.imdb.com/title/tt2802850/

martes, 5 de agosto de 2014

"EL PROTECTOR (Homefront)": Una del Oeste

Probablemente, Stallone sea el tipo más honesto y consecuente de cuantos pululan por esa cueva de ladrones que es Hollywood. De él se espera lo que da y no defrauda. Su carrera está construida a la sombra del héroe clásico, primo del John Wayne feo, fuerte y formal. Ese que, además, se emplea expeditivo cuando no queda otra salida, pero que en el fondo solo quiere ser un hombre tranquilo. Siempre me fascinó este discurso reivindicativo de la violencia como última ratio. Ese que muchos tachan de fascista y a mí me parece, por encima de otras trascendencias hipócritas, profundamente humano. 

Lo que digo se ve en “Acorralado”, “Rocky”, “Copland”, “Maximo Riesgo”, “Yo, El Halcón”... La filmografía de Stallone, en su esencia, y más en sus filmes más emblemáticos, es un puro western más o menos camuflado. En “El protector”, si cambiamos las motos por caballos, la gorra del prota por un sombrero y los 4x4 por carros, ahí está otra vez, la peli del oeste. Hasta tenemos caballos y la maestra a enamorar. Y está el forastero que huye de un pasado violento buscando empezar de nuevo, al que el destino se lo pondrá complicado. Y la puta alcohólica, y el sheriff, y el jovencito peligroso, haciendo gala del orgullo local, que dirían los Radio Futura. 


Y está, del mismo modo, ese tratamiento de la violencia que, aunque es en sí misma parte esencial del género (y, por tanto, zanahoria comercial), también es justificada y justificable, imprescindible. Aunque, aquí se añade el matiz que solo sabe poner el que fue héroe de mil duelos, el pistolero descreído, que sabe por viejo y por pistolero, y que bien conoce que cuando se aprieta el gatillo, el demonio de las armas puede arrasar en su vorágine todo y a todos, indiscriminadamente.

Por todo ello, también probablemente el amigo Sylvester se habría pirrado por tener quince o veinte años menos, dar el tipo y protagonizar esta cinta. A falta de pan, buenas son tortas, y como de lo que se trata es de repartirlas, llegado inexcusablemente el momento, que mejor que solo guionizar y producir pero poner al frente del asunto a su heredero natural. El depositario de las esencias del héroe ochentero que se resiste a la extinción. Me refiero a esa gozosa reliquia de lo que fue un día el cine palomitero de acción: Jason Statham.


Puede que “El Protector” sea una colección de tópicos, de lugares comunes, pero en eso consiste hacer una película de género, de las de antes, de las clásicas, de las de toda la vida. Y en eso ésta es modélica, en sus excesos y previsibilidades que el espectador hasta agradece. Entre otras cosas, porque aun siendo cine sencillo, no es simple. Y lo que hace, lo hace solventemente. Crea tensión, hay conflicto, la acción es contundente y los actores, todos están intachables, componiendo un casting además de peculiar en presencias, eficaz. Qué más se puede pedir en el actual país del cine que no es, precisamente, para viejos cowboys.


NOTA: 7/10

TÍTULO ORIGINAL: Homefront

domingo, 6 de julio de 2014

"OPEN WINDOWS": No disparen a los caballos

Por fortuna, aún hay culos inquietos en esto del cine. Gente por encima de convencionalismos, e incluso, de las cortapisas que la industria pone, insólitamente, al genio creativo. Además, con sus obras dan un puñetazo en la mesa y desmienten a aquellos que dicen que todo está visto y contado. 


Aquí tenemos la fortuna de contar con una panda estos inasequibles al desaliento; que tratan, con cada filme, de dar un giro de tuerca y poner, además, cierta huella de autor. Me refiero a tipos como Eugenio Mira, Rodrigo Cortés o Nacho Vigalondo. Funambulistas que se pasean por la cuerda floja siempre de frente, sin mirar abajo, donde no suele haber red.
Me gusta eso, los riesgos, las aventuras, las provocaciones. Tanto me da que tomen sus referencias en otros malabaristas narrativos o visuales. Lo de menos es que para venderse, tiren de morbo con fichajes llamativos en los casting. Lo que me entusiasma es que me sorprendan, me descoloquen y me hagan darle vueltas a como me han tangado durante el metraje de sus obras.

Vigalondo dirije a Sasha Grey

El caso de Vigalondo es, por otra parte, siempre expectante. Un cineasta al que me gusta referirme como currista, en referencia del mítico, igualmente provocador y divisor de opiniones, Curro Romero. Sí, el torero. Y es que el de Camas era capaz de lo mejor y lo peor, sin solución de continuidad, ni media ponderada. El de Cabezón de la Sal, es también capaz de lo mejor: el único filme de viajes en el tiempo que me ha convencido por siempre jamás (“Los Cronocrímenes”); y de lo peor, que digo, pésimo, insoportable, indigerible: esa idea curiosa para un breve corto estirada cual chicle bang bang que fue “Extraterrestre”
Cuando terminé de ver ésta última, dije lo que dijo un currista tras una infausta tarde en la Maestranza a Romero, “el año que viene va a venir a verte tu puta madre… y yo”. Y cumpliendo promesas, plenamente paradójicas, irreflexivas, ahí estuve, puntual a la cita, para ver, por fin, la tan retrasada como muy apetitosa “Open Windows”.
Las expectativas se vieron superadas por un rompecabezas estético y argumental que es un verdadero jardín en el que Vigalondo se mete consciente y deliberadamente. Y del que sale a base de dominar los tiempos, la tensión narrativa y valerse de las modas tecnológicas, el vougeurismo que todos llevamos dentro y toda una espiral de más difíciles todavía.

Elijah Wood y su director

Evidentemente, la película exige saltos de fe, ir más allá de la suspensión de la credulidad. ¿Qué filme de estas características y riesgos no lo necesita? Al maestro Ford, le preguntaron una vez porqué los indios no disparaban a los caballos en “La Diligencia”. A lo que el mago del western respondió lacónico: Porqué entonces no habría película. 
Muchos dicen que aquí hay demasiados momentos en los que disparando a los caballos, la historia se habría acabado, hablan de rizos que se rizan en bucle, de cántaros, de fuentes, pero que queréis que os diga, compro “Open Windows”, como compré en su día títulos como “Gran Piano” o “Buried”. Y es que siempre me pirraré por saber hasta dónde me puede engañar, deslumbrantemente, un trilero.


NOTA: 8/10

ESCUCHA ESTA CRÍTICA EN PODCAST CON EXTRAS: https://dl.dropboxusercontent.com/u/224337446/Open%20Windows%20critica%20podcast.mp3

TÍTULO ORIGINAL: Open Windows


domingo, 1 de junio de 2014

"TODOS ESTÁN MUERTOS": Lady Anaya



Hay películas que son una actriz. Para bien y para mal. Es el caso de “Todos están muertos”. Y es que la interpretación de Elena Anaya aquí se mete hasta el tuétano. Embebe, obnubila y aturde. Deseas que no salga nada más en pantalla que ella. ¿Para qué otra cosa? ¿Para qué malgastar esfuerzos en contar una historia manida, trufada de lugares comunes, previsibles? 

Amores platónicos juveniles, despertares sexuales inciertos, muertes traumadas, hijos no deseados, relaciones más que fraternales... Y todo este gazpacho culebronil, presentado como en un remake de “Ghost” pergeñado por la prima mejicana de Almodóvar...




¿Pero, sabéis que? me da igual todo ello, y su morosidad y su pretenciosa modernidad (que no es tal). Me es lo mismo, porque Álvaro Gutiérrez hace magia con su fotografía y extrae un delicioso glamour feista de la que bien podría haber inspirado a Leiva cuando compuso Lady Madrid con Pereza.
Da igual su cardado flequillero, lo resquebrajado de sus labios, su conspicua delgadez, la ausencia de maquillaje o el vestuario así, como de andar por casa. O quizás es la milagrosa conjunción de todo. El caso es que es imposible que la cámara quiera más a una actriz. ¡Cómo aguantas primerísimos planos Lady Anaya! Tu presencia, tu mirada y tus titubeos en la voz compensan cualquier cosa que me jale del brazo, constantemente, para sacarme de la película, casting infanto-juvenil incluido... Tela de la marinera lo del nene co-protagonista.



“Todos están muertos” es pues, para mal y para bien, una actriz, un personaje, una interpretación, una presencia, que arrebatan al espectador hasta el babeo, sí, a los acordes, además, de gente como Akrobats que le dan un punto hypster que mola a modernetes sabiondos como yo... y da igual que todo lo demás esté, a su lado, muerto o, al menos, lo parezca.



NOTA: 6/10

TÍTULO ORIGINAL: "Todos están muertos"


viernes, 16 de mayo de 2014

"10.000 KM": Dicen que la distancia es el olvido...

Hay quien podrá tachar a su director (y co-guionista) de aprovecharse de que Skype, Google, Whatsapp o Facebook inundan nuestras vidas, para montar una peli en la que sean reclamo, pero dudaría de que el que así la definiera hubiese visto siquiera unos minutos del filme. 

Porque la tecnología, como ya ocurriese en la reciente “Her” de Spike Jonze, no es más que un elemento catalizador que apoya la narración de una historia de amor que gravita aquí sobre las medias naranjas y aquella frase de “si quieres ver a Dios reír, cuéntale tus planes”, o la de Ortega, “Yo soy yo y mis circunstancias”. Porque lo que cuenta Marqués-Marcet entre los poderosísimos (y cuan distintos) polvos inicial y final, que delimitan como prólogo y epílogo la película, es como puedes tener un quién, pero te puede fallar el cuándo, y no ser, sencillamente, el momento porque, en ese preciso instante, el azar os pone a 10.000 km de distancia. Y tu relación de golpe se convierte en una suerte de Google Street View, con el que estás pero no estás.

Alex y Sergio tiene planes...

Dos cosas me han fascinado en el modo de contar esta relación en conserva, que como todas, las conservas, tienen fecha de caducidad. En primer lugar, el audaz modo en que este debutante en el largo suple falta de presupuesto con talento. Rodada en una Barcelona que es a ratos Los Ángeles. Con el empleo de múltiples pantallas que se enturbian, ralentizan y pixelan, como la historia de sus protagonistas. Con el poder sinérgico de constantes metáforas sobre la comunicación siempre presentes, por ejemplo, en el trabajo de la prota. Y unos diálogos y colección de instantes que pese a su aparente inanidad conforman un devenir lógico, necesario, para concluir en un climax final a flor de piel. Además, esa capacidad para subsumir a los espectadores en incómodos vouyeurs de la intimidad cotidiana… Y todo ello sin que lo que veamos sea teatro en pantalla grande, ni mero juego de formatos estéticos, sino puro cine que es filigrana en el plano secuencia inicial de 23 minutos con que el filme pone sus cartas sobre la mesa, por si alguien podría dudar de lo que su realizador y actores son capaces. 

Carlos Marqués-Marcet dirige el plano secuencia inicial

Lo que me lleva al otro arma de conquista masiva de la cinta: su dúo protagónico. En David Verdaguer y Natalia Tena, empieza y termina el reparto de la película y de la responsabilidad de sostenerla sin que la aparente cotidianeidad insulsa de sus personajes la dinamite. Están esplendidos en esa colosal labor. Si bien, la que me arrebata es la Osha de “Juego de Tronos”. Me creo su fragilidad, carácter, ironía, determinación, sensualidad, y todo lo que su gestualidad me transmite de la vida interior de su personaje. En su primer papel, además, en castellano. Su lengua natural es el inglés, justo lo contrario de lo que parece en el film. Chapó. 

¿10.000 km no son nada?

Un dúo protagonista que cuando está frente a frente, sin gadgets ni inventos; cuando los kilómetros del título son centímetros; cuando desaparecen los artificios; cuando no hay virtualidad sino fisicidad; cuando ello ocurre, amigo mío, hace que el filme alcance su cenit al calor de una química proverbial, entre unos actores en la perfecta simbiosis que requiere esta historia de amor desencontrado que es, a la postre, un bolero, de los de siempre. Que habla de almas sin cuerpos que acariciar y, claro, sí, de la jodida modernidad que hace que pueda tenerte sin que realmente estés para tocarme y tocarte. Y de cómo, muy probablemente, la distancia es el olvido, o no…


NOTA: 8/10

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TÍTULO ORIGINAL: "10.000 KM"

sábado, 29 de marzo de 2014

"TRUE DETECTIVE" (serie tv): El barrilete cósmico

Méjico 86. Minuto 54 de partido. Argentina ya le había endosado un gol a una rival que lo era con más ganas que nunca: Inglaterra. Y el pibe Maradona engancha la bola en campo propio decidido a colarse hasta la cocina y terminar de ajustar cuentas con la pérfida Albión, la que antes de ayer había humillado a los gauchos en las Malvinas. El resto es historia, única si se recuerda en la voz del comentarista uruguayo Victor Hugo Morales. El gol, aquel gol, fue un sueño, perfecto, para muchos el mejor de la Historia del futbol.

“True Detective” nos ha descubierto a quien pretende ser un nuevo pelusa. Un crack fichado en las ligas literarias que, pese a presentarse con sólo un par de partidos televisivos en su marcador, ha pergeñado la serie con la que HBO ha vuelto a demostrar porque todas las demás siempre irán a su zaga, por debajo en el gol average.

El barrilete cósmico, se llama Nick Pizzolatto. Y en su manera de correr la banda se evidencia el toque de balón de David Lynch, la involuntaria enigmática de filmes como “El sueño eterno”, o la malsanidad de “El cebo” de Vajda. Finta, además, con referencias a la literatura gótica de Lovecraft y su maestro Chambers, y al policiaco detectivesco de Jim Thompson. Le hace la bicicleta a los amantes del rol. Y se la juega al espacio libre con las metareferencias y los estern eggs.

Pizzolatto se reserva un cameo, ojo a la camiseta

Hay maestría a la hora de organizar el juego, apoyando la narrativa en un singular montaje de idas y venidas al centro del campo, moviendo el balón del pasado al presente, en un tiki-taka en el que se alternan jugadas explosiva, derrochando facultades, con dormir el juego para inquietar, sacar de las casillas o, simplemente, recrearse en el pase.

Con todo, este nuevo enloquecedor del graderío televisivo no lo sería tanto sin un dream team que le hace la pared y sabe encontrar siempre su lugar en el campo. En estos terrenos, el amante de la chilena perfecta, el caracoleo ensimismado, la jugada de pizarra estipulada al milímetro. El tal Cary Joji Fukunaga, un arbitro de la elegancia estética feista. Visto también en apenas dos filmes de huella autoral que se une al Mister Pizzolatto integrando un tándem de Champions en lo que atañe a dotar cada plano de vida, muerte, símbolo y relectura.
Y, claro, los puntas actorales. McConaughey, hábil en el desmarque, de imposible predicción. De los que te arman el lío. Siempre al borde del área. Con hambre y olfato a bocajarro. Y Harrelson, el del punterazo procaz, el deambular prosaico, el farolillo rojo de moralidad al contragolpe. Ambos, en sinergia involuntaria, alimentándose mutuamente en su permanente combinación al primer toque.


Una de las claves de la serie, su director


Sin embargo, si bien “True Detective”, en todo su planteamiento y nudo, es ese segundo gol de Maradona en el estadio Azteca, aquel 22 de junio del 86. Una jugada modélica, de las que emboban y pasan a la Historia. Un dribbling constante, una filigrana tan imaginativa y como pretenciosa. El desenlace final, precedido de mil teorías al más puro estilo “Perdidos”, es más, a la postre, el primer tanto de aquel mismo partido mundialista. El que el ídolo albiceleste marcó con “la mano de Dios”. Y es que aquí el showrunner resuelve la melee en que la trama se había convertido con más oficio que brillantez, con más oportunismo que deportividad, no estando a la altura de las expectativas creadas, ni de lo que se le presupone sería capaz.

Pizzolatto se excusará diciendo que no era importante el resultado, si la pelota entraba o no, sino la jugada, la dialéctica de personajes, el paladeo de ambientes, las sensaciones que han sobrecogido al espectador. Sin embargo, la tangana está liada. Pues además de esto, el nuevo Dios en la Tierra, se ha ido al túnel de vestuarios dejando atrás demasiados fuera de juego, en forma de subtramas solo intuidas y detalles que luego se desdibujan y caen en un olvido que no es tal en esta época de tuiteros amantes de la tarjeta roja.

McConaughey está, sencillamente, colosal

Si me tengo que mojar, diré que mi condición de gaditano y, por ello, heroico devoto de Mágico González, me acostumbró a gozar de los pequeños milagros cuando se presentan, únicos, consustancialmente, efímeros y pocas veces, incluso, perfectos. Y mitigar la frustración de lo que pudo haber sido y no fue, tirando de imaginar que la próxima será, que Maradona sí que marcará un perfecto gol del siglo y que yo estaré ahí para verlo.

By Harry Callahan

NOTA: 9/10


TÍTULO ORIGINAL: True Detective

domingo, 23 de marzo de 2014

"DALLAS BUYERS CLUB": La lista de Woodroof

Imagino que entre los objetivos de “Dallas Buyers Club”, no estaba rendir confeso homenaje a “La Lista de Schindler”, por aquello de que se cumplían veinte años de su estreno. Pero lo cierto es que, el personaje protagónico de la cinta comparte con el que fuera “justo entre las naciones” más de una concomitancia.
Sé que la Historia está llena de gente despreciable que hacen un agosto de la calamidad, pero que, paulatinamente, mutan en individuos altruistas arrebatados por la injusticia que les circunda, de la que se convierten en fustigadores. Sin embargo, de todos ellos y de las películas que los han hagiografiado, creo que Spielberg y el otro Steven, Zaillian, su guionista, contaron este tránsito vital hacia la metafórica luz de un modo maestro, convirtiendo el filme en cita referencial obligatoria.
Oscar Schindler pues, como digo, era uno de estos tipos, y también lo es, o lo fue, Ron Woodroof, un cowboy de rodeo, yonqui hasta las trancas, que se jalaba, además, a cualquier descarriada que se le pusiera a tiro de bragueta. En los ochenta, esto te hacía carne de cañón del VIH. Y este kamikaze tejano de los placeres urgentes cayó cual mosca sin remisión ni perdón posible. 
Pero, una vez vista de cara la parca y lo vetado que para él estaba cualquier tratamiento, decidió darle esquinazo al sistema y buscarse la vida, nunca mejor dicho, procurándose soluciones medicinales alternativas. El tipo aguantó el tirón y el mes de existencia al que le sentenciaron, se transformó en años y el infortunio en negocio. Concretamente, el de proveer tratamiento a tantos infelices como por miles el SIDA había puesto en el patíbulo en aquellos ominosos años de marginación y abuso de las major farmacéuticas.
Así Ron como Oscar, fueron carroñeros de las desgracia, a la que sacaron pingües réditos, hasta que poco a poco, se convirtieron en repentinos paladines de sus víctimas. Más Schindler que Woodroof, que nunca terminó de abandonarse a la causa y siguió hasta el final viviendo de su buenismo libertario individualista.
De todo esto va esta nueva “Lista de Schindler” que no es tal lista, sino un club muy sui generis. De eso y de, paralelismos aparte, tener el privilegio de ver como un actor se hace acreedor de un oscar por méritos imposibles de escatimar. McConaughey está portentoso en pantalla, empleando su transformación física, hechuras y dicción para crear oro puro interpretativo. Cierto es que su personaje es agradecido, pero él actor tejano lo sobredimensiona. A ello contribuye, por momentos, la recuperación para la gran pantalla de un tipo que con similares armas actorales, nos brinda otro rol no menos memorable, aunque, en este caso, secundario. Jared Letto está en estado de gracia, lo que también le ha valido el reconocimiento de la Academia.
Y es que, lo que mejor retrata el ojo del realizador Jean-Marc Vallée, es la encarnación de personajes potentes, subyugantes, llamados a empatizar con el espectador. Otros aspectos de la cinta son menos lúcidos y hasta algo confusos. Es el caso de su narrativa, sobre todo en la segunda mitad, cuando del retrato de sus protagonistas se pasa a la peripecia vital, burocrática o, meramente, histórica del que todo biopic es esclavo. Ahí el filme naufraga, incluso en las intenciones meramente reivindicativas por ausencia de pulso y definición.

 
by Harry Callahan
 
NOTA: 6/10
 
TÍTULO ORIGINAL: Dallas Buyers Club
 
 

sábado, 1 de marzo de 2014

"PHILOMENA": El oscar que nunca ganará Judi Dench

Los oscar son injustos. Te llegan o no. Y si lo hacen, hay que parafrasear el título de la peli de Woody Allen: Tomarlo y salir corriendo. A Judi Dench la miro un santo de cara en “Shakespeare In Love”. Sus ocho minutos encarnando a la reina Isabel I cayeron en gracia y se llevó a casa el eunuco dorado, mientras (ella y) muchos de nosotros nos frotábamos los ojos y decíamos WTF!
Y lo aprovechó, vaya que sí. Para Judi no hubo maldición del oscar. Aquello le sirvió para ponerla en el mapa, pese a ser una actrizaza, con sobre todo, mucho teatro, a sus espaldas. Su presencia en cualquier casting daba caché, clase, distinción british a la peli que fuera.
No obstante, supongo que estos días, la Dench se sorprende una y otra vez imaginando que va a la ventanilla de Academia y le permiten cambiar aquel de mejor secundaria por este de mejor actriz principal por “Philomena” al que está nominada. Probablemente, uno de los mejores trabajos de toda su carrera, que es decir… y mucho.
Y es que, en la película de Frears está de un soberbio superlativo. Sin maquillajes, sin vestuarios suntuarios de época, sin tics, sin hacer de loca, de borracha o de tonta. Sin aditamentos, sin concesiones a la galería. Solo ella dando piel y voz a una mujer ordinaria, con una pequeña gran historia entre manos.



Y así encara su performance, con la naturalidad que solo las grandes saben exudar. Cada gesto es sutil, cada frase está dicha sin discurso. Cada reacción es humana. Cada mirada es la de esa vecina, ya algo mayor, que vive en el piso de arriba de nuestro bloque.
El problema es que Judi, tuviste tu momento, estuviste de moda, rompiste la pana con tu presencia hace ya más de quince ceremonias y esta vez toca turno a otra que, probablemente, nunca llegará a alcanzar la sublime maestría con que das clases en este pseudo telefilme sensiblero de Stephen Friars. Pero amiga mía, permíteme terminar con otro parafraseo, este más prosaico, a lo Sandro Giacobbe: por mucho que me duela, lo siento mucho, el oscar es así, no lo he inventado yo.

By Harry Callahan

NOTA: 5/10

TÍTULO ORIGINAL: Philomena