Como en la parábola de los talentos, Christine tiene los suyos. Es guapa, es lista y le gusta follar. Y no los va a desaprovechar. Ni va a esperar al llanto y rechinar de dientes bíblico. Sabe qué hacer con esos talentos. Ser puta, pero no una cualquiera. Será una scort de lujo, a la que puedes pagar porque se convierta en tu novia el tiempo que quieras, o puedas permitírtelo. Y hará todo lo que querrías que tu chica hiciera. Lucir palmito a tu lado, para envidia de quien no conoce el truco. Comportarse como que si le importases. Y, claro, at the end of the day, te la podrás tirar.
De eso va "The Girlfriend Experience". La serie que, inspirada en la peli de Soderbergh, la supera, con creces, en aspiraciones y resultados. Aquella era un experimento, muy de su director, muy, por ello, irregular. Sí que estaban las bases conceptuales y estéticas de la serie. Y su lenguaje narrativo, que no es poco. Pero solo se rascaba la superficie. Ésto es otra cosa. Más alevosa, más perturbadora, más hasta el fondo. Y, además, tiene como prota Riley Keough que le da un revolcón a la pornostar con ínfulas Sacha Grey.
Riley Keough está impresionante en su papel protagónico
La ficción creada, escrita y dirigida, con asepsia quirurgica, por Amy Seimetz, y Lodge Kerrigande, es sobre todo un lúcido ensayo sobre la afectividad, la impostura, las convenciones sociales, la soledad y la confusión de roles.
Y, como Christine, la serie es elegante, fría y engancha. No tanto por el morbo, sino por el inexplicable cuelgue que sufres de un personaje que que va un paso más allá del antihéroe, heroína aquí, con todo el componente estupefaciente que su personaje poseen.
Porque, muy probablemente, hay mucho de Christine, inconfesablemente, en cada uno de nosotros. De de cómo es, o de cómo querríamos ser. Oportunistas, sociópatas, hedonistas, solitarios, egoístas... Y claro, todos, sin excepción, en algún momento, putas, aunque no haya sexo de por medio.
Probablemente esta sea la última crítica que haga. Tras ella y la persecución a la que seré sometido por el gafapastismo integrista hachebeoero y filoneflixino, habré de terminar mis días como anacoreta, a lo Simón del desierto, predicando mis críticas a la señora de cuenca y tres parroquianos más. ¿Por qué? Porque voy a poner por las nubes una teleserie española, cómica, cuajada de tópicos, supuestamente aprovechona del boom de una peli de taquillazo hecha por la competencia y destinada al consumo masivo de esos espectadores que a la pregunta de quién es John Snow responderían ¿mande?...
Si amigos, en trance de dejar de serlo, he visto “Allí Abajo” y me ha gustado. Qué cojones, no solo me ha gustado, me lo he pasado pipa. Porque no solo de Walter Whites y Don Draperes vive el hombre. De vez en cuando apetece desentumecerse de la pose cultureta con algo que no pretende más que ser puro entretenimiento, llano, sencillo, que no simple. Y digo esto, porque, es muy difícil hacer comedia en este mundillo. Y hacer reír, disfrutar con desenfado. Sin más ni menos.
Carmen e Iñaki, María León y Jon Plazaola
Algo que en nuestra tradición patria siempre se ha visto, no obstante, muy mal, por la crítica sesuda, pero muy bien por el público de a pie. Desde los entremeses y sainetes teatrales, a las las españoladas, el cine del desarrollismo, las películas de Landa, Lopez Vazquez, Gracita Morales y Paco Martinez Soria, las que hacían Saenz de Heredia, Lazaga o el gran Mariano Ozores, con cuyo Goya de Honor, este año, se quiere pagar una deuda incobrable del cine autodenominado español con este otro cine no menos español, y con un modo de entender las películas como vehículo ingenuo de gozosa evasión cañí, sostenedor de una industria que, de otro modo, habría quedado extinta desde hace décadas, muchas.
“Allí abajo” entronca con esta larga tradición popular, en el mejor sentido del término. Dirigida al anti-friki, persigue lo que antes apuntaba, pasar con ella una rato de (son)risa puesta, sin tirar de complicados recursos metacómicos, técnicas de cuarta pared, mockumentaries, o reírse de la incómoda vergüenza ajena. La clave de esta producción de Aitor Gabilondo y el veteranísimo César Benítez, es hacer bien las cosas, respetar al público y ofrecer calidad.
Tópicos sí, pero muy bien explotados
Así, partiendo del concepto de la serie (robarle la cartera a Vasile y sacar réditos del fenómeno “Ocho Apellidos Vascos”, aunque dicen, curiosamente, que el proyecto era incluso anterior) es imposible, hacerlo mejor. Tanto que me divierte todo lo que me aburrió el filme de Martínez Lázaro. Y es que no se puede contar mejor lo que se quiere contar. Y ello, aunque los capítulos sean casi películas por su metraje, como siempre en la ficción de este país. Hay ingenio de sobra, como lo demuestran en cada frase sus protagonistas que componen un casting impecable, qué grande es, por cierto, Yolanda Serrano, Eva Leira y compañía. Qué sería del cine y las series nacionales sin ellas... Imposible un reparto mejor que el compuesto por los protas María León, Jon Plazaola, su majestad Mariano Peña, los compadres Alfonso Sánchez y Alberto López, Salva Reina "Jozé", la enorme Mari Paz Sayago, la cuadrilla: Gorka Aguinagalde, Iker Galartza y Óscar Terol, ojo además de actor, co-creador y guionista, hay mucho y muchos de “Vaya semanita" aquí en muchos y muchos, la Ama, Ane Gabarai y la tía Bego, las enfermeras, las vecinas, Carmina Barrios incluida y bueno, todos, y subrayo todos. No es cosa de convertir esta crítica en una entrada de IMDB.
El reparto principal de la serie, en el set
Y aunque el asunto gravita sobre la hipérbole del tópico, superado el golpe de inverosimilitud que propina su exacerbación, gana de calle el chiste bien construido, el enredo propiciatorio de situaciones de comicidad naif pero tremendamente resultonas y un rosario de personajes que basculan entre la entrañabilidad y la comicidad clásica, perfecta.
Vaaale, llegados a este punto, no insisto más. Los que aún sigan escuchándome, quitaos la clásica cara de estreñido de Clint Eastwood antes de espetar seis balazos a un nota, y comeros el piloto de “Allí abajo” en plan pincho. A ver si sois capaces de no zamparos el resto de temporada ¡Kabenzotz!
Revisitar los particulares universos de creadores únicos suele ser deporte de riesgo. Que se lo pregunten a Gus Van Sant, cuando se encaprichó en fusilar plano a plano al maestro Hitchcock y su "Psicosis". Aún le canean sin piedad y con justificada inquina en los mentideros críticos. Y, ojo, de aquella herejía van a cumplirse casi veinte años.
Por eso, cada vez que el término remake se menta, es para el cinéfilo como la bicha. El What The Fuck está cantado y la escopeta cargada, rebosante de mala baba, presta a descerrajarse sobre quién ose perturbar la memoria de cualquier peliculón.
Así, cuando al bulo tuitero que generó incredulidad, siguió la confirmación por parte de FX de que "Fargo", el "Fargo" de los Coen, ese "Fargo", iba a convertirse en serie, nadie dio dos duros porque de aquella infeliz idea saliese algo medianamente comestible. Lo más bonito que se dijo fue lo de siempre en estos casos: que era innecesario.
Freeman y Thorton en "el momento" de la serie
¿Innecesario? ¿De verdad? Pero que prejuiciados podemos ser. Por fortuna, en ocasiones, la excepción confirma la regla y, mira por donde, ha resultado que la serie no sólo se ha convertido en un necesario, o mejor aún, imprescindible apéndice expansivo de la película, sino que ha superado a ésta en muchos aspectos. Antes de que me mandéis a Lorne Malvo a aplicarme un correctivo (que inmenso Billy Bob Thorton), os lo razono.
Evidentemente, una película no es una serie. Estamos de acuerdo. Noventa minutos no son quinientos. La economía narrativa es tirana con la primera. En la segunda, puedes regodearte en contar pelos y señales de todo lo que en el filme solo se esbozaba. Vale. Tocino, velocidad, churras, merinas, ser injusto al comparar, odiosamente. Sí, lo que queráis. Pero la experiencia, como espectador, es al fin y al cabo lo que cuenta. Y, en esos terrenos, la serie, como cantaría Silvio Rodriguez, no es perfecta más se acerca a lo que yo simplemente soñé.
Si preguntamos a Ferrán Adriá en que consiste deconstruir, te contestará con su atropellada dialéctica pero muy clarito que deconstruir es aislar los diversos ingredientes de un plato, y reconstruirlo de manera diferente, de tal modo que el aspecto sea distinto, mientras que el sabor permanece inalterado. Pues bien amigos, eso es Fargo, la serie, una fenomenal deconstrucción de la sui genéris obra que los Coen parieron en 1996.
Joel Coen y Frances McDormand en el rodaje de la película
Y es que la serie recoge todo ese imaginario esperpéntico, teñido estúpidamente de sangre y basado en hechos hipotéticamente reales, aisla sus esencias, potencia sus sabores, y los presenta emplatados con una propuesta audiovisual que va más allá del origen fílmico.
Porque la cámara aquí se mueve mejor, con alambicadas secuencias, encadenados y composiciones de plano de pura filigrana. La música de Jeff Russo, además de homenajear con obviedad la de Carter Burwell, empasta y funciona en sincronía suiza con lo que ocurre en pantalla, dotando a la imagen de un poder insoslayable y maridando con ejemplaridad las labores de montaje. Buena prueba de lo más allá que audiovisualmente va la serie, son los prólogos de los capítulos y lo que en ellos se cuenta. Aperitivos pura delicatesen que abren el apetito voraz hasta del espectador más receloso a la revisión de sus tótems cinéfilos.
El gran crossover de la película y la serie
Llegados a este punto, conviene aclarar que argumentalmente, las dos propuestas divergen. Estamos en medio de la nada, nieve por todas partes, hay poli embarazada, jerseys horteras de cuello vuelto, está leñador gigante, el buey azul y, claro, efectos mariposa y azares que se vuelven bromas macabras; y violencia fortuita, atávica, descontrolada, en atónita espiral. Pero las historias son distintas, pobladas por personajes que son derivaciones, tributos o síntesis de la peculiar fauna que descubría la película. Ello propone además un curioso juego de quién es quién, o de qué es qué. De descubrimiento de crossovers y huevos de pascua, escondidos por doquier para guiñar el ojo, no solo a la cinta primigenia, sino al universo Coen, pues de hecho, no solo de “Fargo” vive la serie, sino que también los hace de “Sangre Fácil”, “El Hombre que nunca estuvo allí”, “No es país para viejos” o “Un tipo serio”.
¿Y si tú estás en lo cierto y los demás están equivocados?
Una serie que desata algo que solo esbozaba la película: el humor negrísimo, cruel, insano que apela a unos instintos tan bajos como los que se desnudan de un protagonista muy Walter White, por cierto, ahogado y pisoteado por un micromundo poblado por gente imbécil, prosaica, inaguantable, jode vidas, que merecen saber que tú estás en lo cierto y los demás equivocados.
Probablemente, la mejor película de Tim Burton no la dirigió él. Me refiero a “Pesadilla antes de Navidad”. Henry Selick consiguió en aquella lo que el showrunner y, acertadamente, único guionista, Noah Hawley, ha logrado en ésta. Tamizar el aluvión creativo de un genio, dos aquí, y sintetizarlo en lo que realmente merece ser contado, de la manera que merece ser contada, creando una obra inobjetable, sin excesos ni caprichos, perfecta en su concepción y desarrollo. Certerísima, como experiencia más allá de un filme que, a la postre, resulta que pedía a gritos más, mucho más.
Allison Tolman (ojo al escudo...)
Y es que, que menos podía esperarse de una serie en la que sus polis llevan, en el escudo, nada menos que al toro de Osborne.
Méjico 86. Minuto 54 de partido. Argentina ya le había endosado un gol a una rival que lo era con más ganas que nunca: Inglaterra. Y el pibe Maradona engancha la bola en campo propio decidido a colarse hasta la cocina y terminar de ajustar cuentas con la pérfida Albión, la que antes de ayer había humillado a los gauchos en las Malvinas. El resto es historia, única si se recuerda en la voz del comentarista uruguayo Victor Hugo Morales. El gol, aquel gol, fue un sueño, perfecto, para muchos el mejor de la Historia del futbol. “True Detective” nos ha descubierto a quien pretende ser un nuevo pelusa. Un crack fichado en las ligas literarias que, pese a presentarse con sólo un par de partidos televisivos en su marcador, ha pergeñado la serie con la que HBO ha vuelto a demostrar porque todas las demás siempre irán a su zaga, por debajo en el gol average. El barrilete cósmico, se llama Nick Pizzolatto. Y en su manera de correr la banda se evidencia el toque de balón de David Lynch, la involuntaria enigmática de filmes como “El sueño eterno”, o la malsanidad de “El cebo” de Vajda. Finta, además, con referencias a la literatura gótica de Lovecraft y su maestro Chambers, y al policiaco detectivesco de Jim Thompson. Le hace la bicicleta a los amantes del rol. Y se la juega al espacio libre con las metareferencias y los estern eggs.
Pizzolatto se reserva un cameo, ojo a la camiseta
Hay maestría a la hora de organizar el juego, apoyando la narrativa en un singular montaje de idas y venidas al centro del campo, moviendo el balón del pasado al presente, en un tiki-taka en el que se alternan jugadas explosiva, derrochando facultades, con dormir el juego para inquietar, sacar de las casillas o, simplemente, recrearse en el pase.
Con todo, este nuevo enloquecedor del graderío televisivo no lo sería tanto sin un dream team que le hace la pared y sabe encontrar siempre su lugar en el campo. En estos terrenos, el amante de la chilena perfecta, el caracoleo ensimismado, la jugada de pizarra estipulada al milímetro. El tal Cary Joji Fukunaga, un arbitro de la elegancia estética feista. Visto también en apenas dos filmes de huella autoral que se une al Mister Pizzolatto integrando un tándem de Champions en lo que atañe a dotar cada plano de vida, muerte, símbolo y relectura. Y, claro, los puntas actorales. McConaughey, hábil en el desmarque, de imposible predicción. De los que te arman el lío. Siempre al borde del área. Con hambre y olfato a bocajarro. Y Harrelson, el del punterazo procaz, el deambular prosaico, el farolillo rojo de moralidad al contragolpe. Ambos, en sinergia involuntaria, alimentándose mutuamente en su permanente combinación al primer toque.
Una de las claves de la serie, su director
Sin embargo, si bien “True Detective”, en todo su planteamiento y nudo, es ese segundo gol de Maradona en el estadio Azteca, aquel 22 de junio del 86. Una jugada modélica, de las que emboban y pasan a la Historia. Un dribbling constante, una filigrana tan imaginativa y como pretenciosa. El desenlace final, precedido de mil teorías al más puro estilo “Perdidos”, es más, a la postre, el primer tanto de aquel mismo partido mundialista. El que el ídolo albiceleste marcó con “la mano de Dios”. Y es que aquí el showrunner resuelve la melee en que la trama se había convertido con más oficio que brillantez, con más oportunismo que deportividad, no estando a la altura de las expectativas creadas, ni de lo que se le presupone sería capaz.
Pizzolatto se excusará diciendo que no era importante el resultado, si la pelota entraba o no, sino la jugada, la dialéctica de personajes, el paladeo de ambientes, las sensaciones que han sobrecogido al espectador. Sin embargo, la tangana está liada. Pues además de esto, el nuevo Dios en la Tierra, se ha ido al túnel de vestuarios dejando atrás demasiados fuera de juego, en forma de subtramas solo intuidas y detalles que luego se desdibujan y caen en un olvido que no es tal en esta época de tuiteros amantes de la tarjeta roja.
McConaughey está, sencillamente, colosal
Si me tengo que mojar, diré que mi condición de gaditano y, por ello, heroico devoto de Mágico González, me acostumbró a gozar de los pequeños milagros cuando se presentan, únicos, consustancialmente, efímeros y pocas veces, incluso, perfectos. Y mitigar la frustración de lo que pudo haber sido y no fue, tirando de imaginar que la próxima será, que Maradona sí que marcará un perfecto gol del siglo y que yo estaré ahí para verlo.
¿Animales de instintos primarios o seres capaces de obviarlos? ¿Individuos sexuales de impulsos o que racionalizan sus pulsiones íntimas? En el fondo, polemizar sobre el sentido de la vida... ¿Estamos aquí sólo para perpetuar la especie o para algo más? Y, lo más importante: ¿qué es el sexo? y, si lo arrolla todo a su paso ¿tiene sentido resistirse, hablar de amor, amistad, compromiso, lealtad, matrimonio…?
Ni en mis sueños más castos imaginaba que tendría que dármelas de trascendental para contar qué es lo que me pone de una serie llamada “Masters of Sex”, cuya castellana traducción parecía ser obvia: maestros del sexo, y que además era protagonizaba por Lizzy Caplan, a la que mi satirona memoria recordaba por ser mejor desnudo del año gracias a sus tórridas escenas en "True Blood".
Pero resulta que el Masters del título apuntaba al asunto un doble sentido, pues era igualmente el apellido de un tipo que, junto a su uniquísima ayudante y casquivanos métodos, decidieron estudiar, científicamente, por primera vez, el sexo. Y se atrevieron a hacerlo en los frígidos sesenta del siglo pasado, en una América más que mojigata, y de un modo tan explícito como de obvio polémico.
Lizzy Caplan es Virginia Johnson
Es éste, precisamente, el telón de fondo de la producción de la cadena Showtime, que aquí ofrece Canal+. Un escenario histórico real que, no obstante, se convierte, una vez se desnuda, en mero Macguffin, pues el estudio no es más que un catalizador para reflexionar sobre cuanto decía al comienzo, gracias a un producto televisivo dotado de una inteligencia muy salida. ¿Es posible hablar de cómo la gente folla sin apelar el morbo? Definitivamente sí. La serie lo demuestra. O, al menos, prueba que ese hipotético morbo puede ser, todo lo más, la tentación para que el espectador propenso al calentón pique y entre a cuanto hay detrás, que no es otra cosa que un fresco sociológico que en nada envidia al de la referencial "Mad Men". Una descripción que penetra en un mundo de apariencias, de convencionalismos, de vidas pautadas, que encorsetan al individuo y lo vuelven insatisfecho, infeliz, frustrado. Un universo desvirgado y poseído por la ignorancia, los prejuicios, y un machismo recalcitrante, en el que sus protagonistas son bamboleados mientras buscan un siempre difícil encaje en lo que de ellos se espera. Un lugar en el que la libertad es una puta cara que se ríe mientras te entrega a un pim, pam, pum orquestado por la envidia, el rencor y el miedo a lo desconocido, a lo diferente.
La inmensa Allison Janney, sobre su personaje
Y para calentar aún más toda esta procaz propuesta, Michelle Ashford y Sarah Timberman, las impúdicas showrunners han contado con un encamado de actores que empalman una tras otra, lecciones de como meter a sus personajes la vida interior que el minucioso guión les caligrafía. Así, los protagónicos Michael Sheen y Lizzy Caplan (definitivamente, más que palmito para pecar), se devoran mutuamente en cada plano, secundados por prodigios de todos conocidos como Allison Janney o por presencias tan eficaces e idóneas como las de Beau Bridges, Caitlin Fitzgerald o la candidez pudenda de Helene Yorke. Todos ellos sostenidos, en momentos, por conversaciones ingeniosas, trágicas, con humor preñado de fina ironía; en otros, por miradas, gestos, comportamientos, que son pura concupiscencia narrativa. Nada, en fin, es aquí gatillazo. Todo ralla el orgasmo seriéfilo en la producción revelación de la temporada, condenada a ser muy promiscua cuando toque hablar de Globos de Oro y Emmys y dar un inolvidable revolcón a todo el que se atreva con ella a ejercer de mirón.
“Recortes” no es sólo el título de la última obra de teatro dirigida por Mariano Barroso. También es algo que tiene mucho que ver con “Todas las mujeres”. Y es que la cinta primero fue una serie de tv, sin mucha fortuna que ahora, recortada, nos llega como película. Los designios de Dios son inescrutables, y curiosos al menos han sido los de esta historia que tiene ahora una segunda oportunidad comercial en distinto formato (el que, ojo, su director siempre quiso) y que, tiempo al tiempo, bien pudiera aún completar su tránsito vital sobre las tablas de un escenario. Con todo, las series que terminan en películas solo admiten dos resultados. Éxito, porque había material perfectamente prescindible. O fracaso, porque la historia ha quedado desmadejada, inconexa y necesitada de más minutos. Desconozco cuanto más contó en su día Barroso, pues no llegué a ver la producción televisiva, pero la hora y media de metraje final del filme se me antoja perfecta. Como perfectos son el texto, el casting, la dirección y el nuevo formato narrativo elegido. Aquí también hablamos de recortes. Una cámara digital, cuatro paredes, siete actores (inmensos) y talento, eso sí, mucho talento sin limitar. Para que más. Unos mínimos que demuestran, de nuevo, que la calidad no está reñida con el dinero. Y que si hay que hacer cine o series en las trincheras, se hace.
El casting al completo con su director
Lo que no se recorta es el buen oficio de un excepcional director de actores. Ni su maestría para radiografiar con inteligentísimo humor negro a los fracasados, los perdedores, los tipos trampa, esos que engatusan primero y dinamitan tu vida después. Algo que está en el ADN cuenta-historias de Barroso, desde su opera prima, aquella prodigiosa “Mi hermano del alma”. Y maestría también para describir la zona cero tras la explosión, los daños colaterales de cuantos rodean a este auténtico hombre fatal, sin el glamour de una femme, pero que lía a la más pintada con el truco del pícaro, el gesto del tramposo y la mentira del que no sabe, ni puede, ni quiere decir la verdad.
En 1962 Andy Warhol tomó algo que todo el mundo estaba harto de ver y lo transformó en un icono de la cultura popular. Me refiero a las célebres sopas Campbell. Aquellas latas de comida no tenían nada del otro mundo, pero la forma en la que aquel tipo las retrató en un lienzo serigrafiado las haría entrar en el Olimpo de los objetos de culto de la historia del arte.
Algo así ocurre con “Utopia”, salvando las distancias. No es que su creador, Dennis Kelly, sea el heredero televisivo de Andy Warhol. Pero sí que, en esencia, ha hecho lo mismo que el que fuera gurú del pop art: coger algo manido, un argumento cien veces contado y presentarlo con un envoltorio estético que pasma al espectador.
Y es que la historia conspiranoica de esta serie británica, en el fondo y en la superficie, es de un trillado que ya no sorprende. Además, presenta más agujeros que un campo de golf. Y tiene un reparto de actores/personajes descompensado, que va desde Arby, un notable sucedáneo del asesino de Javier Bardem en “No es país para viejos”; hasta Dugdale, el irritante funcionario del ministerio de salud al que la presunta pandemia debiera haberse llevado el primero; pasando por esa prima lejana defectuosa de Lara Croft, la flacucha y enigmática Jessica Hyde, cuya gestualidad y morritos apasionan o despierta odios viscerales.
Como digo, nada nuevo ni especial bajo el sol que, no obstante, se camufla y hasta brilla por momentos gracias a una puesta en escena arrolladora basada en tres elementos clave: la fotografía más cool que jamás he visto en televisión; un montaje musical y de imágenes hipnótico; y un diseño de producción descubridor de escenarios y sets en los que lo anterior encuentra su paraíso y acomodo perfecto.
Porque “Utopía” podría contarnos, en sus episodios, las instrucciones de funcionamiento de una batidora, e igualmente nos quedaríamos pegados a la pantalla, como mosquitos a una lámpara fluorescente, absortos, impávidos. Consiguiendo lo mismo que Warhol con las latas Campbell: que algo mil veces visto nos llame la atención (y de qué manera), gracias a una propuesta, esencialmente plástica.
Trailer de la serie en VO
Me vuelvo a descubrir ante Channel 4, que cuando no encuentra argumentos originalísimos para sus series, como es el caso de “Black Mirror”, demuestra que la vieja historia de siempre, sí que se puede contar de nuevas maneras, alucinantes y alucinógenas.
La gente calza Converse All Star, luce Rayban Wayfarer y escucha música por la calle con descomunales cascos. Los 80 están de moda. Y lo están tanto que vuelven también los rusos, Reagan y la Guerra Fría. O al menos lo hacen en “The Americans”, la serie de FX que ha supuesto una de las más gratas sorpresas, sino la más, de esta mid-season.
Phillip y Elisabeth son un matrimonio que vive a las afueras de Washington, desde hace 15 años. Tienen dos hijos y trabajan en una agencia de viajes. Son íntimos de su vecino y su familia, que resulta ser un agente del contraespionaje del FBI... El matiz está en que todo esto es una fachada, una tapadera para ocultar la auténtica verdad: son dos implacables efectivos del KGB que, infiltrados de este modo hasta el tuétano en la sociedad americana, espiarán para la madre Rusia cuanto y a costa de lo que sea necesario… o quizás no.
¿Una familia normal?
Este es el presupuesto argumental de una serie que tiene varios elementos que la convierten en un must see indiscutible. De una parte, su elenco actoral. Encabezado por unos más que veraces Matthew Rhys (visto en "Cinco Hermanos") y Keri Russell que pone boca abajo todos los prejuicios que sobre ella pudieran tenerse tras pasar por papeles como la popular "Felicity" de la serie del mismo nombre.
La química entre ambos actores es demoledora. Como lo es su sincronía a la hora de vivenciar la tensión psicológica en la relación cotidiana de sus personajes. Su eficacia, igualmente, es incuestionable asumiendo los retos que suponen las escenas de acción y enfrentamientos cuerpo a cuerpo, que son aquí de una fisicidad inusitada, muy a la antigua usanza, y ambos en este plano también convencen.
La abuelita Martindale
Rhys y Russell, a su vez, están respaldados por dos secundarios de nota. Noah Emmerich, q a poco que le dejan se zampa la pantalla por obra y gracia de su presencia física y gravedad vocal (imprescindible en VO); y Margot Martindale, que venía de deajarme pasmado por penúltima vez en la segunda temporada de “Justified” y que aquí hace de una “abuelita” de armas tomar...
Todos ellos, pondrán en pié una trama, nada pretenciosa pero con múltiples hilos, que bascula entre la cotidianeidad y deriva de un matrimonio (o más bien dos) a la fuerza, impostado incluso ante los propios hijos, y el cumplimiento de las misiones de espionaje y contra-espionaje más tensas. Pivoteo de asuntos que presenta un balance perfectamente equilibrado, resultando ello, a las claras, otro de los grandes aciertos del show.
El factor humano
Y es que, en “The Americans” se ha apostado por subrayar, con acierto, el factor humano. Ese que tan protagonista era en las novelas de Graham Greene. Y hacerlo presente de modo tan intenso como inteligente, tanto en el conflicto individual que para todos los protagonistas suponen sus relaciones personales, amorosas, sexuales y de dependencia, como perfectamente imbricado en el entorno de natural de un género siempre al límite de que todo se desvele, salga mal (o bien, depende del lado que tomes).
Este último asunto, de partida presuntamente anecdótico, no ha sido baladí a la postre en el país de las barras y estrellas. De hecho la serie, en los mentideros más patrioteros de USA, ha sido tachada de pro-comunista (sí, aún hay quien maneja estas dicotomías de bloques). Sin embargo, esto creo es lo de menos. No obstante, agradezco mirar desde el otro lado. Aplaudo no proponer a los tradicionales rojos como los malos planos de manual que siempre han sido en los relatos precisamente ochenteros. Lo demás es disfrutar un serial que presenta las innegables virtudes que vengo comentando, que en cada episodio va a más, y que está concebido desde la ausencia de engolamiento, sin ánimo al final de rivalizar con otros productos presuntamente parecidos y deseadamente copiables como “Homeland”.
Trailer comentado por los actores
Una serie que consigue una efectivísima recreación, pese a estar hecha con razonable presupuesto, de una época que retorna en el imaginario popular en estos días y en la que la labor del espía era mucho más pedestre y romántica: no estaba ultra-tecnificada, ni apoyada con potentes satélites y un conocimiento inmediato de la información, sino que se hacía a golpe de disfraz, emisoras de radio, señales a tiza y contactos cara a cara.
¿Cuál es el secreto para hacer una buena serie de televisión? Muy sencillo. Buscar unos autores creativos y solventes y dejarles libertad absoluta para hacer y deshacer. ¿Qué problema tiene esto? Que puede costar dinero y que no tienes garantizado que vayas a romper el share. Por eso, muchas de las mejores series de la pequeña pantalla hay que buscarlas en canales de pago, donde las audiencias no son un dictador que amenace con borrarte de la parrilla si no eres capaz de gustar, inmediatamente, a un target tan amplio como imposible de agradar al cien por cien.
Esto en USA lo tienen muy claro, pero en nuestro país,tal modo de hacer televisiónparecía no existir, salvo honrosas excepciones. De ahí que cuando un producto de la calidad de “Crematorio” irrumpe en antena, hay que darse la enhorabuena y rogar porque el invento prospere.
Jorge Sánchez-Cabezudo (que junto a su hermano Alberto, son el alma mater de"Crematorio") llamó poderosamente mi atención en su debut en pantalla grande con la cinta "La noche de los girasoles". El filme protagonizado, por Carmelo Gómez, resultaba ser un thriller rural, estupendamente trabado y mejor contado, si cabe. Lástima que pasó desapercibida al gran público, en buena parte castigada por la política de distribución de las grades majors que penaliza inmisericorde las películas patrias en pro de productos USA que las mas de las veces dejan todo que desear. Pero eso es otra historia.
Volviendo con "Crematorio", la serie confirma que aquella película no era flor de un día y que detrás había un tipo (en este caso, aquí dos) que sabían como contar historias llenas de aristas, habitadas por personajes plenos de matices. Y que además lo hacía tomando riesgos afortunados, pues sabían ir más allá de la novela homónima de Rafael Chirbes, conceptuada y narrada de un modo muy diferente, pero indudablemente acertando de pleno en su planteamiento de traducción del universo literario al leguaje fílmico.
Sin embargo, sería injusto atribuir todo el mérito a los Sánchez-Cabezudo y olvidar que de nada sirve tener algo que contar, si quien te produce no te da medios para que lo que imaginaste cobre vida en imágenes. Así y enlazando con lo que decía al comienzo, es justo reconocer aquí que CANAL+ (que dicen apuesta por convertirse en una suerte de HBO a la española) ha puesto toda la carne en el asador y ha permitido, por ejemplo, algo impensable para muchas series: que todo el rodaje se haga en escenarios, tanto exteriores como interiores, reales, naturales, lo que contribuye notablemente a dar verismo y autenticidad. En este sentido, hay también que destacar que la especialísima luz valenciana ha quedado ejemplarmente captada por los fotógrafos Daniel Sosa y Alfonso Postigo que han sabido exprimir a la perfección todas las posibilidades que ofrecen las especialísimas cámaras RED ONE implementadas con ópticas de cine con la que está rodada "Crematorio". Así, el look de la serie tiene una elegancia y modernidad insólitas en nuestro panorama televisivo.
Todos las cuestiones técnicas están más que cuidadas (dirección de producción y de arte, sonido...), así como otras de post-producción, como el montaje o el score compuesto por el ya veterano Lucio Godoy, elegante y en muy acertado tempo. Sin embargo, el otro gran aspecto visiblemente notable de "Crematorio", como no, es el actoral, en el que no hay nota discordante. Juana Acosta, Manuel Morón, Vicente Romero, Pau Durá, Aura Garrido, Pep Tosar, Montserrat Carulla, Vlad Ivanov o Alicia Borrachero, entre otros, están sobresalientes en su credibilidad; y, como no, el grandísimo José Sancho que cuaja sin ambages ni chiquitas un personaje encastado por el que se le recordará tanto o más que por aquel "Estudiante" de la mítica "Curro Jiménez". Rubén Bertomeu es, sin dudas, la gran creación de un actor que disfruta, hoy por hoy, de una envidiable madurez creativa.
El único inconveniente que tiene "Crematorio", por el momento, es la incógnita no despejada de si la serie tendrá o no continuación. A la fecha, todo son especulaciones sobre si esa secuencia final de Alicia Borrachero (muy a lo Michael Corleone en "El Padrino"), dará lugar a la segunda temporada que la mayoría de los espectadores están lampando por ver.
"El simple aleteo de una mariposa puede cambiar el mundo". Esto es lo que se conoce, precisamente, como efecto mariposa, que dentro de la teoría del caos, hace referencia a que en un determinado sistema caótico, una pequeña perturbación, puede generar un efecto considerablemente grande a mediano o corto plazo.
Esta es la premisa básica de la que parte “Breaking Bad”, al contarnos el accidentado descenso a los infiernos de Walter White, un profesor de instituto de mediana edad, cuya existencia no pasa precisamente por el mejor de los momentos. Las acuciantes deudas le obligan a denigrarse lavando coches. Y ello pese a que es todo un genio de la química que, desde hace años, podría nadar en dólares de no ser por la pasada que le jugaron una pareja de supuestos “buenos amigos”.
No obstante, como sin piedad adjudica la certera “Ley de Murphy”, si algo es susceptible de empeorar, ten por seguro que bien lo hará. Y ello es axioma en el sistema caótico vital de Mr. White, que, además de tener un hijo adolescente con parálisis cerebral, y de quedar su mujer nueva y accidentalmente embarazada, para colmo de azares, es diagnosticado de cáncer de pulmón lo que, definitivamente, hará que se replantee su vida y tome una insólita decisión que será la perturbación que cambiará radicalmente la existencia de todos cuantos tienen algo que ver, si quiera remotamente, con el amigo Walter.
Y es que, concretamente, nuestro protagonista, con el objetivo de proveer a su familia un futuro imprescindiblemente mejor para cuando no esté, decide apostar por la más radical de las decisiones posibles, la única que le permite hacer pasta tan rápido como necesita: dedicar el poco tiempo que le queda a aprovechar sus proverbiales conocimientos químicos para “cocinar”, en secreto, cristal de meta-anfetamina, una popular droga para cuya elaboración solo hace falta ir de compras a la ferretería de la esquina. Ello le convertirá, a velocidad speedica, en los ambientes narcos, en el misterioso Heisenberg, toda una leyenda del tráfico de estupefacientes en el fronterizo Nuevo México, sobre el que se compondrán y cantarán los más míticos corridos.
Narcocorrido de Heisenberg
Y si el planteamiento de la serie, así contado, resulta obviamente tan radical como sorpresivo, el modo en que el argumento toma cuerpo en cada episodio es igualmente todo menos ordinario u obvio. Así, si bien algunos se han precipitado a citar su emparentado con otros productos previos como puedan ser “Los Soprano” o “Weeds”, en mi opinión, la serie creada por Vince Gilligan va mucho más allá, constituyéndose por derecho propio en una de las más sorprendentes, corrosivas y maestras de cuantas pueblan la abultada parrilla de televisión yanqui.
Por comenzar a desgranar virtudes, la primera quizás sea el perfecto balance conseguido entre drama, género negro y relato mafioso contemporáneo. Y el modo de narrar la historia, con un libreto brillante, diferente en sus modos a mucho de cuanto se ha visto en televisión hasta la fecha, con acertados apoyos descompresivos en un oscurísimo sentido del humor basado en el malsano hábito humano de disfrutar y hasta gozar con la desgracia del prójimo, y más si es ese perro flaco al que todo se le vuelven pulgas.
Promo de la cuarta temporada subtitulado (spoilers)
Además, esta historia de puntos de no retorno, de planes que se salen de control, esta actualización implícita del mito de Jeckyl y Hyde, este serial de hampones domésticos, es puesto en imágenes empleando una fotografía fronteriza, vívida, imaginativa en sus puntos de vista, propia del cine indie más afortunado, a la que ayuda impagablemente un montaje y selección musical de lo más idónea, pese a lo insólita que resulta en ocasiones la elección de sus temas.
Por el camino hay pullas a herir con sangre contra el sistema de salud capitalista americano, reflexiones esencialistas sobre qué es y para qué sirve el dinero, y una evolución siempre lógica, aunque nunca previsible, de personajes portentosamente caligrafiados y encarnados por un casting adecuadísimo. Y aquí entro deliberadamente en el capítulo de las obviedades. Todo el elenco actoral saca nota brillante en la personificación de sus roles. Sin embargo, por razones contundentes, hay que destacar a Bryan Cranston. La personificación del absoluto protagonista de la serie es una de esas que perdurarán en la retina del espectador por décadas. Su Mr. White es gangster, padre y esposo, a cuotas iguales. Es Inteligente, animal, violento, frágil, egoísta y, al fin y a la postre, un buen hombre que rompe a ser malo (como delata el título de la propia serie). La riqueza de matices, expresividad y modulación vocal (imprescindible ver en VO, el doblaje es criminal), convierten el trabajo del actor de California en una autentica lección de verismo y autenticidad interpretativa.
Entrevista a Bryan Cranston sobre su personaje (spoilers)
Pero lo mejor del asunto, es que también encontramos secundarios de los llamados de oro. De entre los que, si injustamente tuviese que quedarme con uno, lo haría con un inmenso Giancarlo Esposito que construye un antagonista sencillamente brutal, al que, además, los guionistas dotan de una profundidad psicológica y un background que lo convierten en lo que uno siempre le pide a los malos, que sean buenísimos. Pero ya digo, sería un acto de injusticia, porque desde el cuñado agente de la DEA, al que da vida Dean Norris, que al fin encuentra un rol en el que brillar en su dilatada carrera relegada a la serie B; hasta el picapleitos sin escrúpulos representado con comicidad prodigiosa por Bob Odenkirk; pasando por RJ Mitte y Anna Gunn, hijo y esposa de Walter; y alcanzando al veteranísimo Jonathan Banks, hombre para todo del capo Gustavo Fring; todos, absolutamente todos, componen una fauna de personajes tan singulares como apropiadísimamente encarnados.
Aaron Paul (Jesse Pinkman) y Giancarlo Esposito (Gus Fring)
No se a quién habrá cabreado Vince Guilligan, pero así las cosas, lo único malo de “Breaking Bad” es el olímpico desprecio que sienten, temporada tras temporada, los premios por ella, lo que la convierte en aún más genuina, outsider, de culto y, en pocas palabras, legendaria.
De momento se han emitido cuatro temporadas (en las que anecdóticamente diré que se habla mucho español) y que enganchan como el cristal que cocinan sus protagonistas. La AMC ha cerrado además con su creador los últimos 16 episodios, con los que concluirá, parece ser, definitivamente la serie. Lo que falta por revelarse es cuando y como se emitirán. Lo que si es seguro es que, tan pronto salgan al aire esa 16 perlas, éste que firma estará clavado frente al televisor para no perderse ni un solo segundo de la prometedora conclusión de una de las mejores series que ha parido la televisión en la última década.
By Harry Callahan
NOTA: 9,5/10
TÍTULO ORIGINAL:“Breaking Bad”
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