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domingo, 29 de abril de 2018

"VENGADORES:INFINITY WAR" Cuando tú vas...


¿La película total de superhéroes? Probablemente sí. Al menos, a día de hoy.
Los Russo, perfectos, equilibrando tres elementos. 
1º Espectacularidad: acción con punto de vista seguible, más la esperada grandilocuencia visual, más emoción al describir como van apareciendo y relacionándose todos los personajes del universo fílmico Marvel. 
2º Drama: nadie ganará un oscar por ello, pero los personajes tienen conflicto y el malo no es unidimensional. 
Y 3º: la comedia, marca de la casa, algo previsible ya pero con algunos chascarrillos logrados. 
Me molan cosas como el musicazo del penúltimo sinfónico vivo: Silvestri; que Hulk no se quiera convertir; que haya un enano gigante; que se anuncie a lo Bond el regreso de cierto personaje y que a Cris Pratt le pase lo que le pasa al final, bien. Creo que por su culpa detesto “Guardianes de la Galaxia”. 
Y lo que más me chifla, el final, que deja con el culo torcido a la platea. En mi cine todo Cristo se quedó en la butaca creyendo ingenuos que en una escena post crédito, el final sí que sería el que esperaban. Y no. 
Chúpate esa DC. Cuando tú vas, Marvel ya viene de allí.


NOTA: 9/10

TÍTULO ORIGINAL: Avengers:Infinity War

sábado, 17 de marzo de 2018

"15:17 TREN A PARIS": Un Eastwood en su esencia

El cinéfilo tiene propensión a sufrir lo que llamaremos la enfermedad de la directoritis. Esa que hace que vayamos al cine con prejuicios. Teniendo muy claro que hubiéramos hecho con la peli en cuestión. Olvidando que eso no es lo importante. Que lo que cuenta es lo que el realizador del filme haya querido hacer. Otra cosa es el gusto personal, y si, desde ese subjetivo punto de vista, el producto nos ha molado o no. 

Pero, repito, hablamos de gustos. Que, como los culos, cada cual tiene el suyo. Otra cosa es la valía per sé de la película y su corrección. 

Así, en lo último como director de Clint Eastwood, lo importante no es que me apetezca que cada una de sus películas sean un "Sin Perdón". Y que me frustre cuando ello no ocurre, empujándome a expeler diatribas tuiteras que en el fondo no son más que el pataleo infantil del niño que esperaba un regalo de cumpleaños que al final resulta ser otro. 

Así, creo que, en el caso de Clint, las cosas hay que verlas en su contexto y , a estas alturas de filmografía, el que diera vida a Harry El Sucio pocas cosas tiene que demostrar. Y mucho menos que es capaz de hacer peliculones cuando toca, por muchas muescas que la edad le haya endiñado a su magnum. 

En esta perspectiva, realista y no caprichosa, hay que pensar que es lo que Eastwood ha querido hacer en "15:17 Tren a París". Y ahí el asunto está muy clarito. 

Si hay algo con lo que este realizador lleva obsesionado en buena parte de su filmografía, es con el héroe corriente. El de la calle. Ese del que nunca escribirán una hagiografía, pero que llegado el momento hace lo que tiene que hacer y eso marca la diferencia. Este asunto es particularmente patente en sus últimas entregas como cineasta. Pensemos en "Sully" o "El Francotirador"


La peli del tren es un paso más en esta senda reivindicativa. Y es un paso más allá. Porque al propio hecho ya reiterado de llevar a la pantalla hechos reales, vidas reales, se une ahora el que son los propios protagonistas de esos hechos los que reconstruyen como actores los mismos, llevándonos al planteamiento más desnudo (si cabe y es posible) de ese leit motive. Siendo a la postre el filme más Eastwood de toda su filmografía. El más esencial. El que más descubre ese meollo. 

Se ha dicho que la película es vulgar en su puesta en escena, salvo el episodio propiamente dicho del tren. Y que tramos como el de el eurotrip de los protagonistas es malo, largo, insufrible. 

Una vez más discrepo. Estamos ante un trabajo tan pulcro y aseado como muchas de las pelis de Don Siegel de las que Eastwood aprendió. Pero si hay algo que abraza esta película es el naturalismo. El que persigue trasladarnos una existencia por auténtica, anodina. Como es la de cualquier ser humano corriente. Para enfatizar la idea de que cualquiera de nosotros, por muy simplones y fracasados que podamos parecer ser, llegado el momento, el lugar, podemos ser héroes. Que los que aman ver como el cine francés post nouvelle vague se extasía viendo crecer a yerba, no se rasguen ahora las vestiduras. También aquí hablamos de un autor que nos quiere contar su película, mis muy queridos y relamidos para ciertas cosas amigos. 


Aunque quizás con el realizador de "Cartas de Iwo Jima" lo que escueza es que defienda que no tanto los ejércitos, sino las gentes que los integran a nivel de curritos de la guerra, son seres humanos y pueden hacer cosas buenas. O que les pique que este tipo sea patriota y defienda a la civilización occidental frente a quienes pretenden acribillarnos a balazos o volarnos por los aires. Y sí, quizás en estos temas Eastwood esté chapado a la antigua. Y no esté de moda hacer una película como esta, propagandística (en el mejor sentido) de nuestros mejores valores, como personas, que nos llama a defendernos y defender a los demás cuando estamos en peligro. Aunque también quizás filmes como estos son más necesarios hoy de lo que imaginamos. Como los fueron los motivadores que maestros como que Ford, Capra, Hawks, etc hicieron en la Segunda Guerra Mundial. Porque quizás seamos nosotros los que estemos demasiado chapados a la pasiva, al buenísimo y a la corrección política.


NOTA: 7/10

TÍTULO ORIGINAL: The 15:17 to Paris

viernes, 17 de noviembre de 2017

"EL AUTOR": Yo he venido aquí a escribir mi libro

Umbral dijo una vez: “yo he venido aquí a hablar de mi libro” y el protagonista de “El autor” re-sentenciaría ahora: “yo he venido aquí a escribir mi libro”. Y también este Álvaro, como aquel Paco, se muestra intransigente y obsesivo con su idea. Aquí, empeñado hasta la perturbación compulsa. Esa que lleva en volandas la voluntad y acomete comportamientos que justifican el fin sin importar los medios.


De eso va lo último de Martín Cuenca. De la creación y sus fuentes. Del compromiso ciego y de la amoral historia de amor entre el escritor y su obra.

La percha perfecta es el relato de Javier Cercas. Y el interprete, pluscuamperfecto, es Javier Gutierrez. Un tipo que es capaz de poner sus santos cojones sobre la mesa, literalmente, para demostrarnos que él es ese autor y que la película es su obra. La de un actor que está estratosférico. Siempre arriesgado, siempre creíble. Apoyado por secundarios que son una bicoca, como Antonio de la Torre y, especialísimamente, Adelfa Calvo. Una diosa prosaica que incluso canta, y cómo, de casta le viene a esta galga, por la Pantoja. Ojito a sus futuribles premios. 

Y todos enredados por una trama meta-literaria que haría perfecto programa doble con la que Francois Ozon nos proponía en su filme “En la casa”.

El resto es la habilidad de Martín Cuenca para engancharnos a un juego que pasa por las casillas de varios géneros, y en el que entramos a saco, sin reparar en su quizás rudimentaria puesta en escena. Pues todo pasa en un plis plas, por el puro morbo, por la avidez de saber hasta donde llegará la clave de todo relato, como se dice al comienzo de la peli: el sublimado drama.


NOTA: 8/10

TÍTULO ORIGINAL: El Autor

domingo, 6 de agosto de 2017

"ATÓMICA": Blondie Atomic Luftballon

Una peli que arranca, musicalmente, con “Cat People” y termina con “Under Preasure”, ya me tiene en el bote. Eso y que la dirija David Leicht, el tío que rodó las mejores escenas de “John Wick”. Un fulano que sabe de que va la acción porque lleva veinte años dándose hostias como especialista, y rodándolas como director de segunda unidad.

Bueno, eso y que la protagoniza una Emperatrix Furiosa ochentera, repartiendo estopa de verdad, de la que te duele como espectador. El puto Cielo, de neón rosa, en este caso.

Eso es “Atómica”. Un actioner que no falla en lo que promete. Y que es también una de espías, al más puro estilo argumental clásico, reciclado con la estética pop del cómic en el que se basa. Y que tiene momentos que ponen palote a cualquier devoto, como es el caso de un falso plano secuencia en su tercio final, que es, sencillamente, de ponerse babero.

Aquí, además, hay pasta aprovechada y un gusto estético notable. Potenciado por un trasfondo goloso para ello como es el Berlín de la caída del muro. Con su efervescencia cultural, política y musical, única.

Y si en “John Wick” nada hubiera funcionado sin un Keanu Reeves hierático, expeditivo, marcial, nacido para ese personaje. En ésta “Atómica”, la Theron está explosiva, contundente y ejecutora. Además, de sexy e icónica. Una Blondie de gestualidad chula, de personaje de acción proverbial. Y, sobre todo, de un verismo como heroína de acción incuestionable.

Es cierto que lo que cuenta es obvio, mil veces visto y hasta algo tramposo, y que el metraje es excesivo para ello, pero que más da, todo es un MacGuffin. Y a mí como a Nena, siempre me ha molado ver como los globos se elevan, por mucho que dentro solo lleven aire.


NOTA: 7/10

TÍTULO ORIGINAL: "Atomic Blonde"

domingo, 30 de julio de 2017

"DUNKERQUE": Un orgasmo cinematográfico

Cuando Los Beatles grabaron “A Day in the Life”, alguien preguntó que significaba la parte final de la canción, en la que instrumentos y sonidos se mezclaban en un crecendo en espiral, cada vez más acelerado, que concluía con un golpe de piano en Mi Mayor, cuyo eco se dejaba desvanecer hasta su completa desaparición. ¡Es un jodido orgasmo musical! respondió John Lennon que parió el tema con McCartney cinco minutos antes de separarse.


Desconozco si Nolan, como buen inglés, tendría en su consciente (o subconsciente) esta última obra maestra de los cuatro de Liverpool. Pero la estructura de “Dunkerque” me parece, émula del final de aquella canción, un jodido orgasmo cinematográfico. Y me explico. 

Argumentalmente, el filme se estructura en tres historias, en montaje paralelo, que van sucediéndose con ritmo in crecendo, hasta llegar a un climax, paroxístico, donde la tensión revienta. Lo subsiguiente es resolución, vuelta desvaneciente al estado de reposo previo que dirían los sexólogos… No quiero decir con esto que Nolan se tire con la peli al público. O casi sí… 

Vale, venga, no sigo por ahí. Retomo un poco del gafapastismo y la corrección analítica que se le presupone al crítico, para decir que lo que hace este fulano en “Dunkerque” no es normal, amigos. No es que reinvente el género bélico, claro. Pero sí que ofrece un punto de vista único, autoral, que nos hace explotar la cabeza, otra vez. ¿Y van cuantas, Christopher…?


Los hay que siempre critican al autor de “Interstellar” su pretenciosidad, partir de querer hacer siempre una obra maestra. Un poco lo que le pasaba a Kubrick. Esta actitud me ha parecido siempre un reproche de mediocres. Cuando alguien hace algo, y más en cine, debe aspirar a lo máximo. Eso como espectador, nunca lo entenderé objetable. Es mas, debiera ser exigible. Otra cosa son los resultados, como ocurrió precisamente en la cinta citada protagonizada por McGounagey… 

Nolan tenía aquí claro que quería hacer la película de guerra definitiva. Como antes quiso hacer la de ciencia ficción definitiva, y antes aún, la de superhéroes definitiva, y así…

Para eso, no solo se fue al Dunkerque real, a la playa histórica. Sino que se gastó los 150 millones de presupuesto en emplear barcos y aviones de la época. Que navegan, combaten, se hunden, se estrellan y aterrizan de verdad. Sin CGI. Y rodó en 70 mm con una belleza dramática arrebatadora. Y en celuloide, del que hay que mandar luego los rollos a positivar… Con cámaras IMAX. Esas que pesan y abultan como un demonio y que no sabes como diablos hace el autor de “El Caballero Oscuro” para que los operadores las lleven en peso corriendo por ahí o las metan, por ejemplo, dentro de la cabina de un caza mientras se hunde en el puñetero mar… de verdad.


Para que todo pase así, de verdad, y se ruede con el mayor detalle, más incluso que el digital 4K. Para que la experiencia inmersiva que le vendió a la Warner, con el fin de que aflojaran la pasta, fuera… verdad.

Y todo con la que presumo, deliberada intención, de dar un paso adelante en su carrera. Para que le tomen aún más en serio. O mejor, como un “director serio”, además de taquillero. Como le ocurriera en su día a Spielberg cuando rodó “La lista de Schindler”. Abandonar así la ciencia ficción, los cómics, los pseudo Bonds y zambullirse de lleno en un dramático episodio de la Historia.

No obstante, habría que comenzar por aclarar que el realizador de “Imsomnia” vuelve a valerse de la herramienta que mejor conoce y excelente resultado le da: el suspense. Y concibe “Dunkerque” como tres historias de suspense que se imbrican con el objeto de mantener al público al filo de la butaca. El telón de fondo es la guerra, pero la esencia es la lucha por sobrevivir, en una carrera contra el tiempo, perseguidos por quien quiere matarte, de modo implacable.


El truco final, el prestigio, siempre presente en Nolan, está aquí en que las tres historias se cuentan en paralelo, con distintos arcos cronológicos (una semana, un día, una hora). En progresiva exacerbación narrativa, agónica, atropellada en el mejor sentido, en espiral narrativa que se acelera sin pausa hasta el frenesí. Esto también se le da fetén al autor de la ejemplificativa “Memento”

Y todo cuadra gracias a una labor colosal de montaje, al son marcial de una banda sonora infumable en el disco, pero insustituible en el filme, como directora de la acción, de una precisión crucial en ese maridaje con la imagen (tomada desde lugares únicos) y su manera de montarse. De una puntualidad paradigmática, desde su propio punto de partida, que no es otro que el metafórico tic-tac inexorable grabado (curiosidad) del propio reloj del director. 

Y ahora es cuando los haters dicen: ya pero es que en los planos de Dunkerque se ven las terrazas actuales y las antenas de televisión, y podían haberse eliminado con efectos digitales…; sí, pero no hay casi sangre y debió haber mucha; pero es que se ha perdido la oportunidad de contar todo el intringulis político-militar que rodeo al episodio de Dunkerque; y todo así, en cascadita, que diría Forges. 


Me importa todo eso un bledo. A mí y a Nolan, que prefiere la fisicidad que transmite lo auténtico, sin mancilla de lo digital. No está rodando “Salvar al soldado Ryan” ni “Hasta el último hombre”, sino algo diferente. Que tampoco es un fresco histórico ni un ensayo geopolítico. Este tío está haciendo su película. No la que tú querrías ver. Si no la que él quiere que veas. La que te va a hacer que se te caigan los palos del sombrajo. 

A la pregunta final, recurrente, la de los jartibles, de si “Dunkerque” es una obra maestra. Como si eso importara… En mi opinión, sí lo sería. Porque enseña como hacer una película. Pero sobre todo es, retomando el arranque de esta crítica, un orgasmo cinematográfico. Como “A Day in the Life”, la canción de Los Beatles, lo era musicalmente. Una de esa peliculazas que, a la salida del cine, te tienes que acabar fumando el cigarrito de después.


NOTA: 10/10

TÍTULO ORIGINAL: "Dunkirk"

jueves, 6 de julio de 2017

"WONDER WOMAN": Una de DC sin aspirinas


Ya era hora que DC hiciese algo que no fuera un coñazo, un soporífero dolor de cabeza. Por que, a ver, aceptando a Nolan como único profeta tragable de engoladas y trascendentaloides pelis de superhéroes, ya está bien de psicoanalizar a gente que lleva los calzoncillos por fuera. Que al fin y al cabo, esto de los cómics se había puesto demasiado sesudo, por los clavos de Cristo. 

Por eso, cuando llega una peli como “Wonder Woman”, uno hasta agradece su liviandad, falta de pretensiones y simpleza en el modo de contar la historia y poner en imágenes el asunto.

En este sentido, aunque el matrimonio Snyder ha metido baza en la producción, por suerte, a alguien le dio por pensar, suicidamente, que la directora de “Monster”, aquella cinta chunga en la que la Theron estaba fea y mataba gente; esa por la que le dieron el Oscar; podría llegar a realizar con eficacia un Blockbuster. 

Y sí, mira por donde, aquella apuesta probablemente por cubrir cuota, por hacer una cinta protagonizada por superheroína, dirigida por mujer, ha funcionado. Y el empoderamiento femenino sigue su camino inexorable a demostrar que no es cuestión de como se mea, sino de si se tiene o no talento.

Así, añado a todo esta meta-reflexión sobre el sexismo, que da gustazo ver a Connie Nielsen o a Robin Wright de amazonas, repartiendo estopa, con sus añazos gozosamente cumplidos. Y a una tipa como Gal Gadot que, aunque nunca arrebatará un Oscar a Meryl Streep, se mueve, tiene pose y da el tipo de una tía de armas tomar.


De hecho casi todo el cast está inspirado. Comenzando por Chris Pine, al que no he podido evitar sorprenderme viéndole como un digno candidato para Indiana Jones, antes que el graciosillo de qué Chris Pratt. Su química con la Gadot funciona lo requerido. Elena Anaya hace su particular secuela estética de “La piel que habito”. Los secundarios, están simpaticotes. Y el casi, viene por David Thewlis, abultado error de casting visto quien resulta ser al final. Solo es entendible si ha emulado a su personaje en la tercera de “Fargo” con los productores y ha hecho con ellos un Ewan “Stussy” McGregor.

Bueno, que me disperso. En resumidas cuentas. Una peli a la que se podrá a tachar de simplona, pero que es tremendamente eficaz en lo quiere ser. Un entretenimiento veraniego digno. Que tiene acción, e incluso emoción. Y en el que uno disculpa hasta el cutre CGI de ciertos pasajes, embebido de esa ingenuidad naif que la propia protagonista parece contagiar al film. Esperemos que no sea raya en el agua y una esperanza de que se puede ir a ver una de superhéroes de DC sin pasar luego por la farmacia a pillar aspirinas.


NOTA: 7/10

lunes, 6 de marzo de 2017

"LOGAN": A la tercera, llegó el peliculón

Sí, joder (perdón). Pero es que, por fin. El Lobezno de Hugh Jackman tiene la película que merece (y merecíamos sus fans). A la tercera, venció la razón. Esa que dice que no se puede contentar a Dios y al diablo. Que hay superhéroes que merecen un tratamiento adulto. Que ya está bien de infantilizarlo todo, por vender muñequitos y happymeals. Y que no todo es CGI y batallas finales eternas, en donde se arrasa todo (incluida la capacidad de aguante del espectador) a base de espectacularidad hipertrofiada. 


Estos son los problemas del cine comiquero de hoy. Y eran algunos de los problemas de “Lobezno Inmortal”. Un desperdicio, por otro lado, de adaptación de su novela gráfica fuente. Del primer spinoff ni hablamos ¿verdad?. De hecho no recuerdo ni su argumento. Vaya, ni su título…

Con la decisión de Jackman de colgar las garras, la suerte estaba echada. Ahora o nunca. O filme cojonudo, o irse por la puerta chica. Y no se si por dignidad, porque poco se perdía, o por cabezonería del actor, ha sido puerta grande. Muy grande. Vaya peliculón, amigos.

El mismo criticado James Mangold del paseo japonés del mutante de la imperio, ha sabido aprender de errores, y se ha fajado en este encargo. Coautor del libreto y realizador, ha facturado con sequedad y expedición setentera un filme benditamente calificado “R” en EEUU. Y esto es una de las claves. 


La narrativa es precisa, contundente, con ritmo pese al metraje. Poseedora de una acción física, que daña y duele. Sangrienta. ¿Pero qué esperamos de un tipo que lleva garras como sables? Un personaje violento. Salvaje. Una bestia. Que lo fue, que trata de dejar de serlo, pero que tendrá que seguir siéndolo hasta el fin.

El Mad Max de Miller, es referente obvio, en esa estética desértica cercana al Apocalipsis distópico. Y también por rodar las cosas de verdad. El otro sería el western. Mangold ya demostró su buena mano para el genero en el remake de “El tren de las 3:10”. Y aquí exhibe un dominio notable de todos sus elementos definidores. De hecho, la película es una del oeste de las de toda la vida. Y muy Peckinpah en la conceptualización de los personajes. También muy Eastwood. Crepuscular y homenajeadora de clasicazos como “Raíces profundas”. No ya solo porque se vean secuencias de ella en el metraje, sino porque Logan en sí siempre ha sido muy Shane.

La caligrafía de los personajes es otro de los fuertes. Descritos con el detalle y el cariño imprescindibles. Maravillosos en sus interacciones (qué secuencias las de Logan con Xavier). Siempre coherentes y consecuentes. Bien desarrollados, perfectamente actuados. 


Y todo empastando a la perfección con el resto de partes del universo XMen, tanto cinematográfico como del comic. Hay mucha metareferencia. Y, aun siendo rara avis, por sus propuestos formales y de fondo, por su tono, no interrumpe la continuidad ni argumental, ni de los protagonistas y secundarios (buenos y malos).

Al final, ha resultado que la última bala de adamantio que se guardaba el viejo Logan fue certera. Y el carismático personaje, al que Jackman le debe todo en su carrera, se nos va con honor, mientras suena “The man comes around” del no menos mítico (y atribulado) Johnny Cash. Sí, joder (sin perdón). Este puro va por ti, James Howlett.


NOTA: 9/10

TÍTULO ORIGINAL: Logan

sábado, 25 de febrero de 2017

"FENCES·: Oportunidades perdidas


Si fuese politicamente incorrecto, diría que este año los oscar serían #soblack. “Figuras ocultas”, “Moonlight”, “Loving”… A los que sumar otros títulos excluidos en medio de la carrera de premios, por razones no cinematográficas, como “El nacimiento de una nación”. Y a ellas, hay que añadir, “Fences”, la tercera realización del actor Denzel Washington. Un tipo comprometido con su raza. Que durante muchos años se autoexcluyó de interpretar a malos en el cine, para limpiar la imagen que de los afroamericanos se daba en las películas. Lo que, a la postre, lo acabó convirtiendo en el Tom Hanks de color. El gran héroe cotidiano negro.

Coherente con esta filosofía, Denzel se embarcó, recientemente, en la reposición teatral de la obra militante del Pulitzer August Wilson, “Fences”. En ella sea hablaba del racismo y de como éste condicionó las vidas de muchos hombres y mujeres, truncándolas, convirtiéndolas en fracasadas, aplastando la individualidad, cercenando sueños. Y como todo ello ha pasado de generación en generación, como un daño imposible de resanar y olvidar.

En la cinta que ahora se estrena, Washington retoma ese mismo texto, espíritu y reivindicación amarga. Y con, prácticamente, el mismo casting protagónico que pisó las tablas neoyorquinas, levanta esta producción que también, como antes apuntaba, dirige.


En el platillo de lo indiscutiblemente bueno del filme, están los excelentes diálogos que el propio August Wilson dejó adaptados para el cine antes de morir. Y, claro, excelsamente dichos por sus protagonistas, ambos nominados con justicia al oscar, el propio Denzel y esa Meryl Streept negra que es Viola Davis. Pero quizás solo eso llena el haber de la cinta. El debe, es otro cantar. 

Y es que, el que hace poco ha sido el más magnífico de los siete ídem, reconozcámoslo, es un actorazo copapinero, pero como realizador, es tremendamente mediocre. Ninguno de sus trabajos anteriores en este oficio ha sido remarcable. ¿Alguien recuerda a “Antwone Fisher” o “The Great Debatiers”? Ésta última ni siquiera estrenada en cines aquí. 

En este sentido, “Fences” no es una excepción, resultando un trabajo carente de inventiva, rutinario y profundamente tedioso y aburrido. Una tv movie con ínfulas. Teatro filmado que se limita a reproducir unos diálogos contundentes, con carga de profundidad, encarnados en unos actores dotadísimos, pero ahí queda la cosa. Una oportunidad perdida, como la carrera de Troy Maxson.



NOTA: 6/10

TÍTULO ORIGINAL: Fences

domingo, 19 de febrero de 2017

¨JACKIE¨: EL CANTO DEL CISNE

Probablemente, el score compuesto por Mica Levi para “Jackie" defina mucho mejor este filme de lo que pueda tratar de hacerlo cualquier comentario crítico, incluido éste, claro. Su atonalidad, el desafinado expresionista, la oscilación pendular de sus melodías, la soledad descompasada de su instrumentación. Esas progresiones entre lo bufo y la ensoñación. Los ecos lejanos, perdidos, las afinaciones indisimuladas, y los compases pesadillescos, reiterados, enfáticos.
Todo ello conforma un todo sensitivo. Propicia una traslación de estados de ánimo. Una angustia vital insondable y precipitada, inesperada e inesperable. Una amalgama que enreda el ánimo y de la que es imposible zafarse. Y que solo proporciona contadísimos instantes de respiro evasivo, cuando el el personaje al que glosa se pierde en sus recuerdos, sueños o evasiones. 
Y es que este soundtrack de inspiración, en cierto modo, a lo Morricone, es uno de los mejores del año, (una lástima coincidir con el más vistoso y eclipsante de "La La Land"), por cuanto empaca perfectamente con la narración, subrayándola y aportando a la misma todo lo que de la música de cine se espera. En este caso, definir un individuo, una situación, unas circunstancias, un entorno, una vivencia y hacer que todo ello embulla al que visiona el film, sobrecogiéndole. 


Jackie es abducida, de sopetón, de su inmaculada existencia, terrenal, decorativa, autosugestionada, creía de sí misma como útil en su futilidad. Cuando el magnicidio la desnorta, la despierta del cuento de hadas y la arroja a las fauces del miedo, el desconcierto, la aflicción. Dejándola a la deriva, como un juguete roto, una pieza secundaria, amortizable y amortizada. Un apéndice que estirpar.
La película es la descripción de eso y de como en medio de ese inevitable tránsito al segundo plano, surge en la estrella de raza, en el personaje irredento, el canto del cisne, que se abre paso por todo, pero, sobre todo, por sí misma. Como retribución a lo arrebatado, a lo que ya no será o nunca fue, a lo que se pagó por ser y se aceptó por conseguir estar. Ese último giro que pasma al respetable y hace llenar renglones de historia, no de la de los libros, sino de la que marca y recuerda la gente. La que consagra el mito, más allá de modas. 
Y todo esto lo filma el chileno incomodo de “El Club”, el de biografías tan inusuales como “Neruda”. Un tipo que ha hecho una película para los oscars, sí, pero sin traicionarse. Impregnando de autoría, intención y coherencia el proyecto. Sin sucumbir a la despersonalización que se impone a muchos que dan el salto a Hollywoodlandia.
Evidentemente, no se puede concluir el comentario sobre “Jackie” sin hablar de quien le ha dado carne y alma, en la pantalla. Qué acojonantemente brutal está Natalie Portman. Disculpad la basteza, después de tanta finura. Pero es lo que me sale. Si hay Justicia, debiera subir al escenario del Dolby Theatre el 26 de este mes a recoger su segundo oscar, tras “Cisne Negro”, otro tour de force tan obnubilante como éste, dirigido por Darren Aronofsky que, curiosamente o quizás no tanto, aquí oficia de productor. Una Portman que hace olvidar al espectador quién es, y quién es, incluso su personaje, para, en la más elemental esencia y meollo de su interpretación, mostrarnos a una princesa cualquiera a la que le han arrebatado su Camelot.


NOTA: 8/10

TÍTULO ORIGINAL: "Jackie"

viernes, 27 de enero de 2017

"LA CIUDAD DE LAS ESTRELLAS (LA, LA, LAND)": ¿Estás en la inopia?

Dejemos las cosas claras, desde el comienzo. "La, La, Land" no es un gran musical, pero es una magnífica película. Y el secreto para disfrutarla es, precisamente, ese. Tener muy claro lo que Damien Chazell ha querido hacer y lo que no. 

El director de "Whiplash" siempre ha confesado, abiertamente, su fascinación por los musicales y por el jazz. Y como autor que es (y le dejan ser), su cine lo demuestra en las tres realizaciones que ha filmado. Así, en "La ciudad de las estrellas" no ha pretendido plagiar las pelis de Donen, Demy, Minelli, Fred Astaire y Ginger Rogers, Gene Kelly, y todo ese largo etcétera que los listillos enciclopedistas citan como obvias influencias. Tampoco ha querido tomar esas referencias y hacerlas pasar como propias. Es demasiado obvio.


Chazell como buen devorador de cine, lo fagocita y rumia todo, y lo devuelve en forma homenaje con su particular acento, sin otra pretensión que hacernos disfrutar como él lo hace rodando. "La La Land" es así su particular carta de amor a un género, que acaba no siendo tan personal, a juzgar por el entusiasmo que causa la cinta.


Pero el acercamiento al musical es desde la ausencia de presuntuosidad. Con ánimo lúdico, desencorsetado, simple que no sencillo. Y con clara influencia indie. Nadie ha querido hacer un nuevo "Cantando bajo la lluvia" amigos. Seamos serios y menos integristas.


Esto no es un "Chicago", ni un "Molin Rouge", es más bien un "Todos dicen I Love You", un filme crisol del género canoro y bailongo como lo "Drácula" de Coppola lo fue del terror. Una cinta para haberla visto de improviso. Sin hype. Sin todo ese ruido de marketing que hoy indefectiblemente nos contamina con anticipación. Un filme para ver virgen y asombrarse de la joya tan deliciosa que es. 

Y no porque esté fantásticamente cantada, bailada y coreografiada (que solo lo está muy correctamente). Tampoco porque nos cuente la historia insólita y más original. Sino porque mueve los hilos, o mejor dicho, la cámara un tipo que lo hace con una agilidad, limpieza, ritmo y sentido narrativo espectacular.


El título de la cinta "La, La, Land" hace referencia a estar en las nubes y eso es precisamente lo que consigue con una maestría insolente e inhabitual a su edad, el autor de esta película. Eso es lo que nos hace salir de la sala bailando. Lo que nos hace escuchar su soundtrack en Spotify compulsivamente. Y lo que nos hará sonreír cuando arrase en los próximos Oscar. 

Y, además, la película es cine dentro del cine, y una amarga reflexión (de nuevo) sobre el precio de los sueños, sobre el arte y el sufrimiento, y un desafío descarado a sí el musical, el jazz y el Los Ángeles más mítico están demodé, es cosa de horteras y abuelos añorantes de un pasado glamuroso presuntamente muerto.


Esto y no otra cosa es "La, la, Land". Si lo sabes ver y disfrutar, bien por ti. Si no, estás en la inopia del título. Qué lo sepas.


NOTA: 9/10

TÍTULO ORIGINAL: "La, La, Land"


domingo, 8 de enero de 2017

"COMANCHERÍA (HELL OR HIGH WATWER)": LADRONES DE TIERRAS

El último movimiento de cámara de “Comanchería” deja muy claro que lo importante es la tierra. Lo decían en “Lo que el viento se llevó”: “Por la tierra trabajamos, luchamos y morimos”. Y la tierra se roba, añade ahora David MacKenzie. La robó el hombre blanco a los indios. Y, en nuestros días, los bancos se la roban a aquellos, con su depredación hipotecaria. De ahí que se juzgue “necesario” robar a su vez a estos, no ya para ganar los cien años de perdón del refrán, sino para conservar el terruño, lo verdaderamente único y atávicamente esencial. Aquello por lo que te haces respetar. Lo que de ti queda como legado.

De eso va “Hell or high water”, título original de este film. “Sea como sea” que podríamos haber titulado aquí. Lo que incluye hacerlo por las malas, a tiro limpio. Interesante es también ver como nada ha cambiado en un país de gatillo fácil, construido a mano armada. En donde a los rateros aún les persigue una patrulla espontánea de la gente del pueblo, ya no a caballo, sino en potentes 4x4, pero si que a balazo vivo.

Porque, en mucho, el far west sigue siéndolo. De su poética también habla, crepuscularmente, esta película de shérifs que son rangers, salones y cruces de caminos que son casinos, forajidos que son comanches y comancheros, y cielos rasos y praderas sin fin que aún seguirán siéndolo, aunque se quemen o las hagan arder.

MacKenzie dirige a Pine

Y hay metáfora social. Y cine negro, con últimos golpes, polis a punto de jubilarse y una voz en off que habla en las letras de una selección de canciones descriptivas de personajes, acciones y sus consecuencias. Y buddie movie, con dos parejas de ratones y gatos. Y excelentes actores, con frases y diálogos maravillosos. Inmenso Jeff Bridges, más Clint Eastwood que nunca. Sabe este filme mucho a “Un mundo perfecto”, aunque por otro lado, joder, ¡también a “Thelma y Louise” y su antecedente “Dos hombres y un destino”! Y un guaperas llamado Chris Pine que jamás volverá a estar tan bien, emparejado con esa encarnación del caos que siempre sirve imprevisible Ben Foster, ajado aquí sorpresiva y visiblemente por la edad.

Y para colmo, la cinta está musicada por Nick Cave y Warren Ellis, con el mismo acierto que otros soundtracks suyos, como el compuesto para la no menos crepuscular, poética y de forajidos del oeste, “El asesinado de Jesse James por el cobarde Robert Ford”. 

Y es que esta “Comanchería”, que, nota para curiosos (y para los que odian su título), conserva en nuestro país precisamente el título de trabajo que se le dio mientras se rodaba, es, en suma y por dejar de marear el asunto, una puñetera joyaza.


NOTA: 9/10

TÍTULO ORIGINAL: Hell or High Water

domingo, 18 de diciembre de 2016

"ROGUE ONE": Sí, pero...

"Rogue One” demuestra que Disney tiene muy claras las cosas y que sabe del mensaje que los fans dieron a George Lucas, cuando éste llevó a término la segunda trilogía de las aventuras que transcurren en una galaxia muy, muy lejana. Ese no fue otro que reprocharle, con odio y saña, que con los recuerdos infantiles no se juega y con el mundo creado por la primera saga, menos. 

Así, como ya ocurriera con el Episodio VII, este nuevo filme del universo galáctico vuelve a poner en pantalla el imaginario nostálgico que todo devoto de la Fuerza lleva dentro de su corazoncito cinéfilo. Y lo hace mimando cada detalle, con la calidad impepinable que da contar con pasta a chorros. Además Gareth Edwards, su director, se confiesa seguidor irredento de “La Guerra de las Galaxias”. Así vestuario, personajes, artefactos, paisajes, naves, todo, absolutamente todo, nos hace volver a casa (casi por Navidad) y reencontrarnos con los nuestros, y con los del Lado Oscuro. Incluso con el villano por excelencia, Lord Vader, a la cabeza, con voz en VO, nuevamente, de James Eran Jones. Y con otros malos y buenos, cuya sorpresa me reservo, por obra y gracia de los efectos digitales. ¿Se puede pedir más?

Detengámonos aquí. Porque esa quizás sea la clave. Yo digo que sí. Y es que, contentado el fandom con “El despertar de la Fuerza”, vengados de sobras con ese filme de las fechorías del pérfido Lucas, creo que “Rogue One” podría haber ido más allá de lo que se espera, sorprender a la platea con algún giro, imprimir una riqueza argumental que trascienda la propia idea básica de “vamos a hacer una peli clásica de aventuras en la que contamos como se robaron los planos de la Estrella de la Muerte”.

Estamos ante un spin off que nos permite separarnos de la ortodoxia. De hecho, el propio arranque del filme así lo evidencia, carente del clásico texto en scroll inverso con la fanfarria de John Williams. Pero no. No estamos ante un Imperio Contraataca. Echo a faltar pues enjundia, calado en varios los personajes (ej. el de Diego Luna), conflicto y riesgo.

No obstante, el resultado es plausible. La cinta entretiene y no poco. Y está musicada espectacularmente por Michael Giacchino. Lleva la guerra a puntos tropicales de la galaxia que desconocíamos, y tiene esa bendita fisicidad que estaba proscrita en los videojuegos de la segunda trilogía. Como quita-hambre, antes del Episodio VIII, a los fans más que les basta y les sobra. Otra cosa es si el apetito ya te va pidiendo probar algo fuera de menú.


NOTA: 7/10

TÍTULO ORIGINAL: "Rogue One: A Star Wars Story"


"HASTA EL ÚLTIMO HOMBRE": Una película de Mel Gibson

Mel Gibson es un outsider en el Hollywood actual, tan políticamente correcto. Sus “escándalos” lo certifican. En resumen, dice y hace lo que le da la gana, borracho o no. Y eso le ha pasado la factura de que las películas de su filmografía se espacien demasiado, como director y como actor. Es normal. La Meca del Cine, siempre ha sido un negocio en el que no conviene ir metiendo el dedo en el ojo a colectivos sensible que pueden comprar una entrada o boicotearte un estreno. Y las estrellas, tienen que serlo y parecerlo. Ocurría en la Edad de Oro y ocurre en la Edad Actual, la de ir a lo seguro. La de los remakes, secuelas y reboots


Por eso, a la gente que va por libre, que te rueda en idiomas raros, con violencia extrema y haciendo apología de lo religioso… la cosa le pinta bien cruda. Pero Gibson es un Terminator. Sabe lo qué quiere y cómo hacerlo. La cuestión es cuándo lo conseguirá. 

Desde ese punto de vista, su filmografía, sobre todo, como director, que es la que ahora nos interesa a nosotros y a él, va sobre gente como Mel: los outsiders que mencionaba antes. Tipos que tienen sus convicciones, sus creencias, sus objetivos, y que no cejarán en el empeño hasta conseguirlos. Da igual lo que les hagan, o les digan. Da igual que les cueste incluso la vida. A la postre serán héroes, modelos a seguir, gente a la que reconocer, pero el camino jamás será de rosas. 


Desde todos estos puntos de vista, “Hasta el último hombre” vuelve a ser una película de Mel Gibson. La reivindicación hagiográfica de Desmond Doss, el primer objetor de conciencia laureado por el Congreso americano por salvar la vida de 75 compañeros en el campo de batalla, sin empuñar jamás un arma, contiene todo el ideario cinematográfico y moral del actor-director australiano. 

Su obsesión por reconocer a los luchadores contracorriente, adoctrinarnos ética y religiosamente y descomponernos ante una violencia de brutalidad inusitada, vuelven a marcar los ejes sobre los que gravita “Hacksaw Ridge”. No tengo peros a nada de esto, más bien siempre alabaré a los creadores que saben lo que quieren y lo espetan, da igual a quien duelan prendas. 

Otra cosa es el resultado cinematográfico, respecto del cual la película es un tanto bipolar. Y ello porque, parecen, sencillamente, dos en una. Cada cual con planteamientos estéticos, narrativos e incluso musicales diferentes. La primera, la que precede a la batalla que da título original al filme, es un estrenos televisión elevado de categoría por empeño de su director, solo necesario en quien haya querido hacer una narración tradicional y completista de la vida del soldado Doss. Pero lo que realmente de este segmento importa (porque el porta es como es), bien podría haberse despachado a golpes de flashback diseminados en la segunda. Ésta última es otro cantar. 

Aunque el desembarco de “Salvar al soldado Ryan” siga siendo el mejor momento bélico de la historia del cine, la última hora del filme de autor de “El hombre sin rostro” es magistral. Haciendo gala de una planificación formidable y nunca perdiendo el punto de vista narrativo, el salvajismo cainita de la guerra, la fugacidad de la vida y la aleatoriedad en su pérdida, son reflejados de modo proverbial. Y aquí es donde Gibson demuestra lo capacitado que está para la narración fílmica y el manejo de escenas de complejo rodaje.

Así lo expuesto, el balance final de la película es desigual. Como en general la filmografía de su autor. Y cada una de sus cintas en sí consideradas, efectismo y premios aparte.


El principal debe que le anoto, es no conseguir emocionarme, a pesar del crescendo final que culmina en la metafórica ascensión a los cielos del héroe encarnado por Andrew Gardfield. Aunque quizás sea más éste último el culpable que el propio director, al que solo cabría reprochar una equivocada elección de casting, justificable solo por dotar al producto de cierto atractivo de cara a la taquilla más joven (siempre deseable, pero tan poco asequible al planteamiento intrínseco de la cinta). Bien es cierto que en lo físico, vistas las imágenes reales en los créditos finales, el ex Spiderman da la enjuta y desgarbada medida del personaje real. Pero a mí Gardfield me saca, con su gestualidad de bobalicón risueño, y no me resulta fácil creer que sea capaz de lo que es, por mucha mano que le eche el Altísimo.

En cualquier caso, bien hallada sea la vuelta a casa, que no al redil, de este outsider bocazas, religioso practicante y bien dotado cineasta que es Mel, políticamente incorrecto, Gibson.


NOTA: 7/10

TÍTULO ORIGINAL: "Hacksaw Ridge"