domingo, 19 de febrero de 2017

¨JACKIE¨: EL CANTO DEL CISNE

Probablemente, el score compuesto por Mica Levi para “Jackie" defina mucho mejor este filme de lo que pueda tratar de hacerlo cualquier comentario crítico, incluido éste, claro. Su atonalidad, el desafinado expresionista, la oscilación pendular de sus melodías, la soledad descompasada de su instrumentación. Esas progresiones entre lo bufo y la ensoñación. Los ecos lejanos, perdidos, las afinaciones indisimuladas, y los compases pesadillescos, reiterados, enfáticos.
Todo ello conforma un todo sensitivo. Propicia una traslación de estados de ánimo. Una angustia vital insondable y precipitada, inesperada e inesperable. Una amalgama que enreda el ánimo y de la que es imposible zafarse. Y que solo proporciona contadísimos instantes de respiro evasivo, cuando el el personaje al que glosa se pierde en sus recuerdos, sueños o evasiones. 
Y es que este soundtrack de inspiración, en cierto modo, a lo Morricone, es uno de los mejores del año, (una lástima coincidir con el más vistoso y eclipsante de "La La Land"), por cuanto empaca perfectamente con la narración, subrayándola y aportando a la misma todo lo que de la música de cine se espera. En este caso, definir un individuo, una situación, unas circunstancias, un entorno, una vivencia y hacer que todo ello embulla al que visiona el film, sobrecogiéndole. 


Jackie es abducida, de sopetón, de su inmaculada existencia, terrenal, decorativa, autosugestionada, creía de sí misma como útil en su futilidad. Cuando el magnicidio la desnorta, la despierta del cuento de hadas y la arroja a las fauces del miedo, el desconcierto, la aflicción. Dejándola a la deriva, como un juguete roto, una pieza secundaria, amortizable y amortizada. Un apéndice que estirpar.
La película es la descripción de eso y de como en medio de ese inevitable tránsito al segundo plano, surge en la estrella de raza, en el personaje irredento, el canto del cisne, que se abre paso por todo, pero, sobre todo, por sí misma. Como retribución a lo arrebatado, a lo que ya no será o nunca fue, a lo que se pagó por ser y se aceptó por conseguir estar. Ese último giro que pasma al respetable y hace llenar renglones de historia, no de la de los libros, sino de la que marca y recuerda la gente. La que consagra el mito, más allá de modas. 
Y todo esto lo filma el chileno incomodo de “El Club”, el de biografías tan inusuales como “Neruda”. Un tipo que ha hecho una película para los oscars, sí, pero sin traicionarse. Impregnando de autoría, intención y coherencia el proyecto. Sin sucumbir a la despersonalización que se impone a muchos que dan el salto a Hollywoodlandia.
Evidentemente, no se puede concluir el comentario sobre “Jackie” sin hablar de quien le ha dado carne y alma, en la pantalla. Qué acojonantemente brutal está Natalie Portman. Disculpad la basteza, después de tanta finura. Pero es lo que me sale. Si hay Justicia, debiera subir al escenario del Dolby Theatre el 26 de este mes a recoger su segundo oscar, tras “Cisne Negro”, otro tour de force tan obnubilante como éste, dirigido por Darren Aronofsky que, curiosamente o quizás no tanto, aquí oficia de productor. Una Portman que hace olvidar al espectador quién es, y quién es, incluso su personaje, para, en la más elemental esencia y meollo de su interpretación, mostrarnos a una princesa cualquiera a la que le han arrebatado su Camelot.


NOTA: 8/10

TÍTULO ORIGINAL: "Jackie"